
El Brigadier de Ejército Fulgencio Yegros, hijo del Teniente Coronel José Antonio de Yegros y de doña María Ángela Franco de Torres, nació en 1780, en la estancia paterna de Quyquyhó. En su caso, no nos ayuda el santoral a establecer la fecha precisa, pues él llevaba el nombre de su abuelo paterno, y cuatro hermanos suyos, los de su padre, su abuelo materno, su tío carnal Antonio Tomás Gómez y el de Diego, tradicional en su familia, respectivamente.
Aun cuando no se conserva su partida de bautismo, conocemos dos registros coincidentes de su confirmación, que tuvo lugar en el palacio episcopal de Asunción y fue administrada por el obispo Velasco y Maeda. El primero corresponde al lapso corrido del 30 de Enero al 31 de Marzo de 1785, y dice: 13.“Fulgencio, hijo de José Antonio Yegros y Ángela Franco. Padrino: Fray Silverio Rodríguez”; en tanto que el otro, fechado el 8 de Septiembre de 1786, reza: “Fulgencio Yegros. Padres: don José y doña Ángela Franco. Padrino: don Silverio Rodríguez”.
A temprana edad, como era usual en su tiempo. Fulgencio Yegros sentó plaza en las milicias provinciales y en ellas fue ganando ascensos.
Era la época de los Regimientos de Dragones, y él, consumado jinete, “guapo a caballo”, al decir de un hermano suyo, revistó pronto como oficial, y a los veinte o poco más años caía prisionero de los portugueses en una escaramuza al Norte del Apa y lo liberaban por canje.
En 1807, ya Teniente de Voluntarios de Caballería, forma parte de la fuerza paraguaya que acude a la defensa del Río de la Plata contra las invasiones inglesas, y resulta herido en combate, en las inmediaciones de Montevideo.
Tres años más tarde, es Capitán y con un escuadrón de caballería recorre la ribera del río Paraná, aproximadamente desde el Paso del Rey (hoy Paso de Patria) hasta más al Este de Yabebyry, y dispersa y destruye los ilegales asentamientos correntinos de esa zona, con lo que asegura definitivamente los que serán más tarde derechos soberanos del Paraguay.
Los preparativos para repeler la expedición de Belgrano, lo encuentran de nuevo en primera línea. Es él quien captura a Ignacio Warnes, mensajero porteño, y en Paraguari, el 19 de Enero de 1811, es uno de los jefes de la caballería paraguaya que en una carga al arma blanca decide la victoria. En retirada el enemigo, se encomienda a Yegros, con su escuadrón, su seguimiento y vigilancia, misión que cumple muy satisfactoriamente.
El 9 de Marzo de 1811, en la vega del Tacuary, culmina la campaña con el triunfo de los paraguayos, en el cual cabe honrosa participación a Yegros, convertido ya en uno de los principales jefes de nuestras fuerzas. Después del armisticio, participa de algunas de las entrevistas entre oficiales de ambos bandos. No son patriotas y realistas los que se han enfrentado, sino patriotas de dos patrias distintas: frente a la irrupción armada de los porteños, los paraguayos defienden su identidad nacional, y en los campos de batalla de Paraguari y Tacuary, afirman su independencia respecto de la antigua sede virreinal.
Evacuado el territorio paraguayo por Belgrano, el Gobernador intendente Velasco licencia a los milicianos movilizados para la defensa, y designa a Yegros, con jerarquía de Teniente Coronel, para el mando de las tropas apostadas en Itapúa con el cometido de custodiar esa zona contra la posible expansión de porteños y portugueses. Conviene esclarecer que no se trata de una “condecoración”, como alguna vez se ha afirmado, ni de un ascenso de favor: el nuevo destino de Yegros era propio de un Teniente Coronel y en una época, en la que no había aún escalafón cerrado, cada mando llevaba anejo el correspondiente grado. Por otra parte, se trataba de la fuerza militar permanente más poderosa de la provincia en ese momento.
La Independencia del Paraguay se obtuvo en dos frentes: con relación a Buenos Aires, por 34 años sede del poder virreinal, y respecto de España. La ruptura con Buenos Aires, resuelta de hecho en el Cabildo Abierto o Congreso General del 24 de Julio de 1810, se consolida definitivamente con las ya mencionadas victorias de Paraguari y Tacuary, en las que Yegros se bate con valor singular.
La emancipación de España es resultado final de una conspiración que comienza en las carpas de la oficialidad vencedora en Paraguari y Tacuary. El descontento de los paraguayos no pasó desapercibido al Cabildo, entonces baluarte de la naciente burguesía mercantil de origen peninsular, y éste lograba que el Gobernador Intendente admitiera dos “diputados adjuntos”, salidos de su seno, para asegurar la sujeción de la provincia al poder español. A la misma finalidad, había obedecido el licenciamiento de oficialidad y tropa victoriosas inmediatamente después de Tacuary.
Sobre los importantes acaecimientos de 1811, existe un informe del Brigadier portugués Chagas, basado en el parte del Teniente José de Abreu, testigo de los mismos, y dirigido al Capitán General de Río Grande do Sul. En nuestro país, lo publicó por primera vez Cecilio Báez. De ese informe y de investigaciones posteriores y esclarecedores de Julio César Chávez, se desprende que el plan de acción de los patriotas paraguayos era el que sigue: Fulgencio Yegros, con sus bien armadas tropas, en Itapúa, y Blas José de Rojas Aranda, con un destacamento de milicias pilarenses que ocupaban Corrientes y una flotilla de barcos artillados, debían sublevarse simultáneamente y dirigirse a Asunción. Al aproximarse Yegros por tierra, el Teniente Coronel Manuel Atanasio Cabañas, retirado entonces en el campo y sin mando, usaría de su bien asentado prestigio de jefe vencedor para alzar gente armada (2.000 hombres, precisa Chávez) en la Cordillera, y juntos atacarían la capital. En ésta y en ese momento, se pronunciaría Pedro Juan Caballero, con el concurso de Vicente Ignacio Iturbe. Mauricio José Troche y otros oficiales muy jóvenes, sin mayores risibilidades de éxito, pero con la finalidad de enervar la resistencia de Velasco y sus adictos.
Jefe del movimiento era Yegros, que según refiere Chávez, compartiría el mando con Cabañas. Fulgencio R. Moreno nos dice que, al licenciarlos Velasco después de Tacuary, “los patriotas ya convenidos, retornaron a sus hogares dispuestos a la acción, cuya iniciativa quedaba a cargo del caudillo Fulgencio Yegros”
A mediados de Abril, se produce un contratiempo que configura una grave amenaza para el éxito del plan revolucionario: aparece en Itapúa el Teniente José de Abreu, enviado del Capitán General de Río Grande do Sul, que viene a concertar con Velasco y el Cabildo realista la entrada de tropas portuguesas al Paraguay. Con diversos pretextos, Yegros logra retenerlo quince días en Itapúa, pero finalmente, apremiado por Velasco, se ve en la necesidad de franquearle el paso hacia la capital.
La llegada de Abreu a Asunción y sus cotidianas reuniones a puertas cerradas con el Gobernador Intendente, el Obispo y el Cabildo, sumadas a la noticia de que habían sido descubiertos los preparativos de los patriotas, precipitan la acción de Caballero y de los Tenientes y Alféreces paraguayos, que toman el Cuartel de la Plaza en la noche del 14 de Mayo de 1811 y alcanzan completo e inesperado éxito.
Ante el triunfo, el 15 se árbitra un expediente provisorio, pues cuando lleguen a la capital “los demás oficiales de la plana mayor de esta provincia (cuya vez hace por ahora este cuartel)... se tratará y establecerá la forma y modo de Gobierno que convenga”. Entre tanto, se designarán dos “diputados adjuntos”, representativos, éstos, de los patriotas; y al día siguiente, tal designación recae en el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia y el Capitán reformado Juan Valeriano de Zeballos. Resulta significativo que, además, los oficiales revolucionarios exijan “comunicación libre”. ¿Con quién? A no dudarlo y a la luz de los fundamentos aducidos para una solución provisional, con Itapúa y quizá también con la Cordillera.
Entre tanto, Yegros y Rojas Aranda, que en sus respectivas y lejanas bases no han tenido tiempo de recibir noticia de los hechos, cumplen con su parte del plan revolucionario. Así, Yegros en la noche del 16, apresa a los europeos de su jurisdicción, requisa todas las embarcaciones para impedir la comunicación con los dominios portugueses y con Montevideo, y emprende la marcha hacia Asunción. En el momento mismo de la partida o ya en camino, recibe aviso de lo acontecido y apresura su marcha, y para la tarde del 20 ya está en la Recoleta.
Al entrar en la ciudad, el 21, es recibido con salvas de artillería, honor reservado a Jefes de Estado y Generales en Jefe, y pasa a deliberar con sus compañeros de causa sobre el curso de acción inmediato.
Abreu, el emisario portugués que desde el triunfo de los patriotas tenía la ciudad por prisión, se presenta a gestionar un salvoconducto ante Caballero y éste le manifiesta que su situación se resolverá cuando llegue “el nuevo Gobernador, don Fulgencio Yegros”, el que, efectivamente, autoriza su regreso al Brasil.
La celeridad de los hechos torna innecesaria la intervención de Cabañas con sus campesinos de la Cordillera, y queda él así marginado de la conducción superior y aun de la misma vida pública, aunque en el Congreso General de Junio y quizá como homenaje, Yegros y sus hermanos votan por él.
Como acabamos de anticipar, del 17 al 20 de Junio de 1811, delibera en Asunción un Congreso General o Cabildo Abierto, y elige el mismo a una Junta Gubernativa, cuyo Presidente es Fulgencio Yegros, a la vez Comandante General de Armas, y son vocales: el doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, el Capitán Pedro Juan Caballero, Comandante del Cuartel revolucionario, el doctor Francisco Javier Bogarín, sacerdote secular, y Fernando de la Mora, un joven abogado. Se trata del primer Gobierno propio del Paraguay independiente y su gestión ha de prolongarse hasta 1813. Proficua, de hondo contenido patriótico y muy constructivo, resulta su labor en los diversos órdenes de actividad.
Además de la nota del 20 de Julio de 1811, en la que Cardozo señala un verdadero plan federal, y del tratado con Buenos Aires, del 12 de Octubre, documentos ambos en los que se atribuye participación principal a Francia, resulta de sumo interés la acción de la Junta en 1812, cuando la integran sólo Yegros, Caballero y Mora: manifiesto sobre la educación pública, pleno de elevados conceptos; enseñanza gratuita; instrucción para el maestro de primeras letras, ajustada a las más modernas concepciones pedagógicas de la época, con citas que demuestran la gran versación de sus autores y encaminada notoriamente a formar hombres libres y dignos; Sociedad Patriótica Literaria, para coadyuvar a la elevación del nivel cultural de la población; Academia Militar, para la formación de los mandos medios y subalternos; expedición al Norte, para expulsar a invasores portugueses; erección del Cabildo de la Villa Real de la Concepción : trabajos iniciales de la fundación de la Villa del Salvador de Tavegó o Etevegó; supresión del tributo indígena; concesión para una línea de navegación con buques a vapor, la primera en toda la Cuenca del Plata; relaciones cordiales con Artigas y sus orientales, como complemento o alternativa de las que se mantenían con Buenos Aires; y una misión confidencial para obtener el levantamiento del bloqueo realista del río Paraná, son algunas de las manifestaciones de su preocupación por el bien común. Además, se iniciaron gestiones para la adquisición en Buenos Aires de una imprenta y de la biblioteca que había pertenecido a Mariano Moreno, entonces recientemente fallecido.
Esta sucinta relación nos señala el camino para conocer la ideología y la pasión patriótica de Yegros y de sus compañeros de gobierno, y nos demuestra que los heroicos soldados de Paraguari y Tacuary, los revolucionarios triunfantes en Mayo de 1811, tenían madera de estadistas y preocupación cultural, y eran capaces de gobernar en libertad, con respeto de los derechos de todos y de cada uno.
Del 30 de Septiembre al 12 de Octubre de 1813, delibera un nuevo Congreso. Instituye el mismo el Gobierno Consular. Yegros y Francia son Cónsules de la República, con Jerarquía de Brigadieres de Ejército. Es inexacto que se hayan turnado en el ejercicio de sus funciones: gobernaban conjuntamente, compartiendo el poder político y dividiéndose el mando de las tropas, y se alternaban, sí, cada cuatro meses, en la atención del despacho, (providencias de mero trámite). En 1814, por medio de un tercer Congreso se establece la dictadura temporal por cinco años en fervor del doctor Francia. Protestan oficialidad y tropa, y con noble desinterés, el propio Yegros y Caballero las apaciguan.
Fulgencio Yegros se retira a la estancia natal de Quyquyhó; y allí procede a transformar el antiguo casco de la misma, construido por su bisabuelo. Su tío político Pedro Pereira, invocando los derechos de su esposa, doña María Josefa de Yegros, le pone pleito en 1815. Es abogado de la demanda José Ignacio Gómez Recio, y Yegros ejercita personalmente su defensa, en escritos de su puño y letra, que demuestran versación jurídica y gran dominio del idioma. Es de señalar que en todos ellos antepone a su nombre el grado de Brigadier de Ejército, que ha de ser testado después de su muerte y por orden del Supremo Dictador. Transado el litigio, sigue Yegros dedicado a las faenas rurales, y en 1818, vigente ya la dictadura perpetua, se le habría conminado a residir en la capital.
¿Hubo conspiración en 1820? Pudo haberla, como no haberla. El propio gobernante afectado se habría encargado de destruir la documentación relativa al tema. Sobre el mismo, existe amplia bibliografía, con aseveraciones y desmentidos por igual rotundos, mas no hallamos en ella testimonios objetivos que nos permitan arribar a definitiva certidumbre. Fulgencio R. Moreno, en amena página evoca el clima de suspicacia que por entonces imperaba, y no debemos olvidar la acción deletérea de adulones, intrigantes y delatores, que hallan su caldo de cultivo en esa misma suspicacia.
Lo concreto es que Fulgencio Yegros y numerosos otros paraguayos, parte apreciable de los protagonistas de la Independencia, fueron encarcelados en 1820. Luego de haber sufrido el tormento en la “cámara de la verdad”, a manos de dos verdugos payagua. Yegros era fusilado el 17 de julio de 1821, a un costado del viejo Cabildo. El acta de su inhumación reza: “En dieciocho de julio de mil ochocientos veintiuno, yo Don José Joaquín Frasquerí, Cura interino del Sagrario de la Santa Iglesia Catedral de esta República del Paraguay, di sepultura en ella, en el segundo lance, al cadáver de Fulgencio Yegros, esposo de Josefa Facunda Speratti; murió ayer, pasado por las armas, en la plaza pública, por traidor a su patria; se enterró con cuatro posas y vigilia el día de la fecha, cuyos derechos importan seis pesos reales, y para que conste lo firmo. José Joaquín Frasquerí”.
En esa misma ocasión, compartían su muerte otros siete “reos de Estado”, entre los que se contaban el Capitán Miguel Antonio Montiel, su primo hermano por vía materna y activo compañero de ideales en 1811, que según arraigada tradición había dado por dos veces la voz de “Fuego” al pelotón de su propio fusilamiento, y José Ignacio Gómez Recio, su oponente en el pleito familiar de 1815. Según la versión más verosímil, recogida por Blas Garay, hubo un total de 68 ejecuciones entre el 17 y el 25 de Julio, y en fuentes citadas por Chávez hallamos una estimación en 600 del número promedio de los presos “reos de Estado” durante la dictadura. A todos por igual, se los estigmatizaba con el mote de traidores.
Quedan, de Fulgencio Yegros, unos versos de acento evocativo y profunda melancolía, que según referencias recogidas por descendientes suyos habrían sido escritos en la prisión, cuando esperaba la muerte.
Casado en 1811 con doña Josefa Facunda Speratti, fueron sus hijos: Rómulo José, Anunciación Josefa, casada con Pedro Vicente Moreno, Ángel Ignacio José y Josefa Damaza Yegros.
Los otros hijos del Teniente Coronel José Antonio de Yegros y de doña María Ángela Franco de Torres, fueron Antonio Tomás Anastasio, María Tomaza, casada con Roque Antonio Fleitas, José Agustín, María Damacia, José Antonio Esteban, Diego y Francisco Venancio.
Antonio Tomás Anastasio Yegros era Capitán en 1811 y participó activamente de la conspiración de los patriotas, aunque el 14 de Mayo estuvo ausente de Asunción. Congresal en 1811, durante la gestión de la Junta Gubernativa fue Comandante del Cuartel de la Plaza, se mostró muy adicto a Francia e impuso su reincorporación a la Junta y la separación del vocal Bogarín.
Parece haber vivido retirado en su estancia de Isla Alta, en Quyquyhó, durante la dictadura. No podemos afirmar definitivamente si cayó o no preso en 1820. En todo caso, en 1827 estaba en libertad y era albacea testamentario de un antiguo congresal de 1811. En 1843, figuraba como albacea de su hermano José Agustín. Entre 1856 y 1858, mantuvo correspondencia con su sobrino Rómulo José. Quizá ya de bastante edad, contrajo matrimonio con doña María Teresa de Jesús Sostoa, y fueron sus hijos María Josefa, María Asunción. José Antonio, que en 1858 estudiaba, en la capital, Dolores y Fulgencio José, el menor nacido tal vez en 1856. Fue el último sobreviviente de los Próceres de la Independencia, pues falleció en 1864, y el único cuyos restos han sido debidamente identificados y yacen hoy en el Panteón Nacional de los Héroes.
José Antonio Esteban de Yegros, nacido en 1791, en 1810 produjo probanza sobre limpieza de sangre para ingresar en el Real Colegio Seminario de San Carlos. Acreditó que había sido bautizado el 7 de agosto de 1791 por el P. Bernardo Antonio Franco, su pariente, y que fue su padrino D. Juan José Montiel. Alcalde Ordinario del primer Cabildo patriota en 1811. Combatió en Paraguari y Tacuary, y alcanzó el grado de Teniente de las milicias provinciales.
Participó de la conspiración de los patriotas y fue uno de los congresales de Junio de 1811. Ignoramos su suerte durante la dictadura. No dejó descendencia.
José Agustín, Alférez en Paraguari y Tacuary, participante de las reuniones de los patriotas y también congresal en 1811, sobrevivió a la dictadura y murió en, Abril de 1843, en su estancia de Quyquyhó. Estuvo casado con doña María Josefa Guerrero, y no tuvieron hijos.
Su cuñado Roque Antonio Fleitas, marido de doña María Tomaza, fue también congresal en 1811 y votó allí con los patriotas.
Los dos hermanos menores, Diego y Francisco Venancio, presumiblemente por su muy corta edad, no participaron, de los sucesos de 1811.
Diego era ya difunto en 1843 y estuvo casado con doña Martina Serapia Franco, tal vez pariente suya, y fueron padres de María Tomaza Yegros y de otras hijas que le sobrevivieron. Francisco Venancio no dejó descendencia y su juicio sucesorio “ab intestato” se tramitaba en 1843: lo heredaron sus hermanos.
LOS YEGROS EN EL MOVIMIENTO EMANCIPADOR
Cabía esperar que una parentela tan extendida como lo era la de los Yegros, con arraigo en el mestizaje del siglo de la conquista y antepasados de relevante actuación a lo largo de todo el movimiento comunero, también, estuviese presente en el proceso histórico que determinó la Independencia del Paraguay, y lo estuvo, desde el primer momento y con entusiasmo y eficacia.
Nos circunscribiremos a los Yegros y Ledesma, vale decir a los descendientes directos del maestre de campo General José de Yegros y de doña Francisca de Ledesma Valderrama.
Hemos visto ya la intervención prominente y decisiva del Brigadier Fulgencio Yegros y de sus hermanos Antonio Tomás, José Agustín y José Antonio. Todos ellos, además de ser activos agentes del movimiento emancipador, forman parte del Congreso General de Junio de 1811, que establece de hecho el Estado Paraguayo.
De la descendencia del Capitán Pedro Pablo de Yegros y Ledesma y de doña Isabel de Vera y Aragón, ya hemos anotado que su hijo Martín José, entonces Administrador del pueblo de indios de San Buenaventura de Yaguarón, es también congresal en 1811 y vota allí con los patriotas. Además, un nieto y dos biznietos de los mismos, Francisco, Juan José y Raimundo Dávalos, figuran entre los 400 diputados que firman el Acta de ratificación de la Independencia, el 25 de Noviembre de 1842.
Nietos del Comisario General de Caballería Ignacio de Fleitas y de doña María de las Nieves de Yegros y Ledesma son el Teniente Francisco Antonio Fleitas, José Ignacio Fleitas, el Capitán de urbanos Juan Vicente Fleitas y Roque Antonio Fleitas, Comandante de Quyquyhó, del que hemos hecho mención por ser cuñado de Fulgencio Yegros, todos ellos congresales en 1811. También aparece entre los mismos Francisco Antonio Caballero, aunque pudiera tratarse de un homónimo que entonces existía, como hemos señalado antes.
El Capitán Mateo Félix de Velasco y doña María Josefa de Yegros y Ledesma fueron abuelos del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, co presidente del Congreso de 1811, y de Pedro Francia, y bisabuelos de Juan Antonio Marecos y Francia, congresales, igualmente, éstos dos.
En síntesis, de 262 congresales de 1811, doce son descendientes directos y comprobados del maestre de campo José de Yegros, que había fallecido 93 años antes. A ellos, debemos sumarles los que provenían de sus hermanos y primos, y también los parientes colaterales más inmediatos, como Juan Antonio Montiel, tío político de Fulgencio Yegros, y sus hijos Miguel Antonio y José Joaquín Montiel, y su yerno Mariano Antonio Molas, además de varios Gómez, Agüero, Franco de Torres, Penayos y otros.
Del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia ya hemos dado noticia, pero conviene poner de relieve su actuación y personal trascendencia en el proceso emancipador. Haya o no participado de los preparativos revolucionarios y elaborado o no el plan que Pedro Juan Caballero ejecutó en la noche del 14 de Mayo de 1811, lo concreto e innegable es que a partir de su incorporación al Gobierno como “Diputado Adjunto”, el día 16, su presencia en la vida pública se torna ininterrumpida, y su influencia, notoria y creciente, hasta convertirse en hegemonía exclusiva y absoluta.
Con motivo de la deposición y el apresamiento del Gobernador Intendente Bernardo de Velasco, el 9 de Junio, los dos “Diputados Adjuntos”, en permanente acuerdo con los oficiales revolucionarios, deben implementar la reunión del Congreso General y dirigir al mismo un manifiesto explicativo, cuyo estilo identifica a Francia como autor, y ambos comparten la presidencia de las deliberaciones con Caballero, Comandante del Cuartel. Electa la Junta Gubernativa, Francia la integra como Vocal, redacta la célebre nota del 20 de Julio de 1811, para la Junta de Buenos Aires, y tiene participación prominente en la negociación del tratado del 12 de Octubre inmediato, también con Buenos Aires. Retirado dos veces del Gobierno por lapsos relativamente prolongados, cultiva la amistad de Antonio Tomás Yegros, el nuevo Comandante del Cuartel, y se reincorpora finalmente con la promesa de que se le dará mando militar propio, y al poco tiempo logra la destitución del otro Vocal civil de la Junta, Fernando de la Mora, que podía ser su émulo. Un nuevo Congreso, en 1813, instituye el Gobierno Consular, los Cónsules de la República, con amplísimos poderes, son Yegros y Francia, y rige un Reglamento de Gobierno, presumiblemente elaborado por este último. Un año después, otro Congreso establece la dictadura temporal y se la confía a Francia por cinco años: pero en 1816, antes de cumplirse el término previsto, otro Congreso más, el último que ha de reunirse en un cuarto de siglo, convierte en perpetua la dictadura, asegurando así a Francia un poder sin limitaciones y por el resto de su vida.
La dictadura usa del rigor para afirmarse. Desde 1815, connotados paraguayos serán reducidos a prisión, de la que algunos, como Vicente Ignacio Iturbe, sólo saldrán veinte años más tarde para ser conducidos al cadalso. En 1820, se habla del descubrimiento de un complot. Hay muchos presos, y a mediados del año siguiente, 68 de ellos, encabezados por Fulgencio Yegros, son ejecutados. Pedro Juan Caballero se ha suicidado en la cárcel, y Mora morirá en ella en 1835. El número de “reos de Estado” se mantiene muy crecido hasta 1840. Toda la dirigencia paraguaya queda neutralizada o aniquilada.
“Los españoles, privados del derecho a casarse con mujeres blancas, son castigados con multas, confiscaciones y prisión”.
“En 1823 es clausurado definitivamente el Real Colegio Seminario de San Carlos, para entonces ya muy venido a menos, y dos años después se extinguen las comunidades religiosas, con supresión de sus conventos. Desaparecen, pues, todos los centros de enseñanza superior. Subsisten, sí, las escuelas de primeras letras”.
“En 1824, se suprime el Cabildo, ya muy diminuido en su representatividad y en su capacidad de iniciativa”.
El Comercio exterior también resulta muy disminuido. Aun cuando no de modo permanente, se clausuran las fronteras por largos períodos, lo que determina la decadencia de la explotación yerbatera, tabacalera y forestal, y la pérdida de mercado de la primera, ganados de inmediato por la competencia brasileña. Con la crisis del comercio exterior, la apuntada pérdida de mercados y la suspensión de la importación de artículos manufacturados para consumo general, entra el Paraguay en un período de economía doméstica cerrada, de sustento. La ciudad decae y muchos de sus vecinos emigran al campo, a la búsqueda de medios para satisfacer necesidades primarias, elementales, y en los hogares campesinos más pudientes aparece el “arrimado“, una suerte de protegido, intermedio entre el yanacona y un cliente a la usanza de la antigua Roma.
“Más que autarquía o autoabastecimiento, se trata de una economía de mera subsistencia”.
“Sin embargo y a no dudarlo, en este largo lapso se consolida definitivamente la Independencia del Paraguay. Cabe preguntarse si el precio no fue demasiado alto, si ese noble objetivo no hubiera podido alcanzarse sin tan extremados sacrificios en materia política, social, económica y cultural, y con el concurso de los demás líderes del proceso emancipador, desgraciadamente anulados. ¿Los referidos actos de Gobierno constituyeron en verdad medios necesarios para afianzar la Independencia, o deben ser tomados más como hechos meramente coetáneos sin influencia en aquel proceso? La búsqueda de una respuesta a estos interrogantes puede que ayude a una interpretación de este trascendente período de la historia paraguaya”.
José Gaspar Rodríguez de Francia falleció, en ejercicio del poder, el 20 de Septiembre de 1840, y resulta incontrovertible que para entonces la Independencia del Paraguay respecto de sus vecinos se hallaba ya definitivamente consolidada.
Fuente:
Rafael Eladio Velásquez, Separata de Historia Paraguaya Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia Vol. XVIII Asunción 1981