
Después de la capitulación de Belgrano, la oposición al Gobierno se manifestó con mayor actividad. A principio de Abril se descubrió una conspiración encabezada por don Pedro Manuel Domecq, don Manuel Hidalgo y don Marcelino Rodríguez, cuyo objeto era: Atropellar la Guardia del Cuartel, matando a los que resistieran, apoderarse de todos los presos que hay en él, haciéndose dueños asimismo de las armas y municiones que existen en el parque de Artillería en dicho Cuartel y con ellos y su gente apoderarse a viva fuerza del barco en que se hallaban los prisioneros y reunidos todos pasar a la casa de los señores jueces y después a la del señor Obispo a sacarlos a todos, sin decir con que objeto.
Simultáneamente con el descubrimiento de esta conspiración, el Cabildo recibió aviso de un atentado que se proyectaba contra el Gobierno, en que parecía mezclado el nombre del Alférez don Vicente Ignacio Iturbe. Y a fines del mismo mes de Abril, se denunciaron a Velasco las propagandas abiertamente revolucionarias que hacían en Villa real don José de María, el cura don Fermín Sarmiento y el Doctor D. José Mariano Báez, quienes sostenían la necesidad de reconocer a la Junta de Buenos Aires, cuyo fin era levantar de la esclavitud a los americanos, pronosticando la inminente ruina del gobernador “y de cuatro picaros que se habían asociado para sostener sus empleos”.
El Gobierno se apresuró a ahogar esas manifestaciones aisladas de hostilidad, procurando al mismo tiempo satisfacer la expectativa pública que ellas habían provocado.
LA GRAN CONJURA, YEGROS EL CAUDILLO, REUNIONES SECRETAS EN LA CASONA DE LOS RECALDE
Entre tanto una conspiración muchísimo más seria se efectuaba con sigilo por los criollos bajo los auspicios directos de la clase militar. Su cuna había sido el campo victorioso de Tacuary, donde el Gobernador acababa de acudir presuroso a disolver el Ejército, presintiendo claramente el peligro. Más, ésta medida llevada a cabo con tanta precipitación e irritante injusticia, no hizo más que vigorar los gérmenes de la reacción contra el régimen interno.
Los patriotas ya convencidos, volvieron a sus hogares dispuestos a la acción, cuya iniciativa quedaba a cargo del caudillo Fulgencio yegros, nombrado precisamente en estos momentos Teniente Gobernador de Misiones y Jefe de una fuerza de Caballería.
En la Capital dirigía los preparativos de la revolución el Capitán don Pedro Juan Caballero, quien secundaban activamente otros oficiales, que como los Capitanes don Juan Bautista Rivarola y el Alférez Ignacio Iturbe, habían tenido una brillante participación en la ultima victoria. El Dr. Don Pedro Somellera, asesor del Gobernador Velasco, estaba también en el secreto de la conjura.
Los patriotas tenían su centro de reunión en la casa de don Juan Francisco Recalde, donde asistía con frecuencia un modesto miliciano de Curuguaty, de servicio en el cuartel de la plaza: el Capitán don Mauricio José Troche, destinado a salvar en el momento de mayor peligro la causa de la Independencia. El clérigo don José Agustín Molas y el fraile Fernando Caballero, tío del futuro Dictador, y uno de los hombres más respetados por su saber y rectitud eran fuera del gremio militar los más ardorosos propagandistas de la revolución.
El entusiasmo y creciente número de los conjurados se avenían, sin embargo, muy poco con la discreción indispensable para el éxito de la empresa, no podía en esa forma quedar por mucho tiempo en secreto la conspiración.
Afirma también el publicista Peña que de ella estuvo informado Velasco con bastante anticipación; pero que el Gobernador se consideraba como impotente notando el fermento de los patricios.
Es creíble que Velasco sospechara de tiempo atrás el posible estallido de la opinión, cuyas tendencias conocía y no podía menos que temer desde que se le revelaron las dormidas energías del pueblo. Sus medidas de precaución reflejaban su inquietud y su desconfianza. Pero no hay pruebas de que mirara impasible el desarrollo de los sucesos; muy por el contrario, en esos mismos momentos Velasco convocaba a las autoridades para el juramento de fidelidad a Fernando VII; abría un empréstito patriótico, destinado a la defensa, “baxo la Hipoteca de los frutos y ramos de la Real Hacienda”, enviaba una escuadrilla contra Corrientes y no descuidaba sus comunicaciones con Elio y los Portugueses. En esos momentos el Gobierno acababa asimismo de ahogar con celeridad la conjura de Domecq y los trabajos subversivos de don M. Báez en V. Real.
¿Cómo explicarse entonces su indiferencia ante un hecho de mayor gravedad?
Parece, más bien, que aquellas abortadas tentativas que entrecruzaban la gran conspiración, comprometiendo lejanamente a algunos de los patriotas, trajeron una momentánea confusión, favorable a sus proyectos, cuyo verdadero alcance no sospecho el Gobierno.
Pero esa situación no podía durar. La imprudencia y la delación hicieron llegar bien pronto al conocimiento del Gobernador los verdaderos móviles de los conjurados; y éstos, a su vez, fueron avisados en la mañana del 14 de Mayo por un pariente de Iturbe, el síndico procurador de la ciudad don Juan Antonio Fernández, del descubrimiento de la conspiración.
Otro motivos, no menos graves, determinaban asimismo en tan peligroso momento, la natural inquietud de los patriotas.
Velasco aprovechó el ofrecimiento de los portugueses, para solicitar un contingente de 200 hombres del Jefe de Río Grande do Sul; y el capitán general don Diego de Sousa respondió a ese pedido haciendo marchar a San Borja una división de 1.000 hombres que reforzó después con 500 plazas y un poderoso tren de artillería.
El jefe portugués se apresuró a comunicar a Velasco el movimiento de esas fuerzas expresándole de un modo preciso, y sin referirse para nada a la invasión porteña, que sus determinaciones tendían a auxiliar, de orden superior “a las Autoridades constituidas por el Sr. Don Fernando VII, que reconociesen los derechos de la Sra. Princesa doña Carlota Joaquina a falta de sus Augustos Hermanos”.
Y esos temores subieron de punto cuando se supo que Velasco, concluidas las conferencias, tenía ya lista su contestación al jefe lusitano.
Precisamente el mismo día en que se descubría la conspiración era el designado para la partida de los comisarios de Sousa, cuyo ofrecimiento de tropas acababa de aceptar el Gobierno, admitiéndose el concurso de 500 soldados portugueses, en calidad de auxiliares.
Esas circunstancias, unidas al fanático españolismo del Cabildo, sostenidos por los viejos caudillos militares, colocaban a los conjurados en situación desesperante.
En efecto, el Gobernador, aunque huérfano de todo prestigio popular, contaba con poderosos elementos de fuerza y decididos partidarios, que habían cobrado aliento y se consideraban inconmovibles después de la derrota de Belgrano. La conspiración dirigida en la Asunción por simples oficiales no tenía de su parte a ninguno de los jefes que se distinguieron en tacuary; Cabañas y Gamarra estaban decididamente en contra; y Fulgencio Yegros que debía ser el nervio de la revolución, se hallaba ausente, a 70 leguas de la Capital.
LA REVOLUCIÓN EN PELIGRO
La conspiración corría, pues, el más inminente peligro; una medida enérgica del Gobierno podía ahogarla, o diferirla, por lo menos, con grave riesgo de una lucha sangrienta e insegura.
Así lo comprendieron Caballero e Iturbe y resolvieron precipitar el movimiento, para ello contaban con un factor decisivo en esos momentos.
Entre los militares comprometidos en la conjura figuraba un joven, que asistía con frecuencia a las reuniones de los patriotas; el Capitán Mauricio José Troche. Este oficial pertenecía a las Milicias de Curuguaty, y se hallaba entonces al frente de su destacamento de 34 hombres que hacía la guardia en el Cuartel de la Plaza. Los patriotas habían comprendido desde el primer momento, que cualquiera fuese el plan de la revolución su base principal debía ser la toma de ese cuartel, que constituía el más importante punto de apoyo del Gobierno, por haberse concentrado allí, a raíz de la última campaña, casi todas las fuerzas y el material de guerra de la Provincia. Con estas miras los conjurados habían convenido en prolongar todo lo posible el servicio del destacamento de Troche; precisamente el 14 de Mayo hacía más de 15 días que debía ser relevado, y seguía no obstante con el propósito ante dicho, discretamente en su puesto. En la grave situación en que se encontraban, los patriotas dieron claramente que su única salvación podía ser ese pequeño cuerpo de guardia, que respondía por completo al Capitán Troche. Y el joven oficial, tan animoso como modesto, se ofreció sin vacilación a conjurar personalmente el peligro, comprometiéndose a neutralizar con sus escasas fuerzas las que pudiera oponer el Gobierno y entregar el parque esa misma noche al jefe de la conspiración.
LOS PATRIOTAS DOMINAN LOS CUARTELES
Trazado el plan, los conjurados se aprestaron con el mayor sigilo para el movimiento, y a la hora convenida (las 10 de la noche, según la información más probable) se adelantó Caballero con algunos partidarios hacia el cuartel, y entraron en él tranquilamente; el Capitán Troche, al frente de sus 34 curuguateños, era ya dueño de la situación, la que fue entregada a los patriotas, proclamándose en el acto a Caballero jefe de las fuerzas. Una ola de entusiasmo rompió inesperadamente, en ese momento, la rigidez de la disciplina, en medio del solemne silencio de aquella noche memorable; fue la aclamación general de los soldados, espontánea explosión del alma nacional, que saludaban el advenimiento de la Independencia con frenéticos, muera el viejo régimen moribundo. Pero los gritos cesaron enseguida por orden expresa de Caballero.
Estos hechos no debieron pasar mucho tiempo inadvertidos por el Gobernador; pero la celeridad y orden en que se efectuaron, mediante la hábil y enérgica actitud de Troche, no permitieron siquiera la posibilidad de la resistencia.
La posesión del cuartel aseguraba por completo el éxito de la revolución; porque si bien el Gobierno podía todavía contar con algunos cuerpos, toda la artillería y el material de guerra estaban ya en poder de los patriotas.
TODO ERA CONFUCIÓN EN EL PALACIO DE LOS GOBERNADORES -VELASCO NO HABLABA
Un testigo, que se encontraba en ese momento con Velasco, nos ha dejado una ligera impresión de lo que pasó entonces en el Palacio Gubernativo.
“La casa de Gobierno, en que estaba Velasco no dista 100 pasos del Cuartel pero nada se sintió hasta después de logrado el intento de los patriotas. Algunos Regidores y vecinos asistieron a casa de Velasco; pero nada se resolvía, hubo un atolondrado que pensó en hacer oposición, y lo creía hecho todo, con traer un poco de pólvora a granel y algunas balas para hacer cartuchos; pero no había armas ni quien las manejase, hubo quien propuso que se mandase tocar a arrebato en todas las iglesias. Todo era allí confusión, el Gobernador Velasco no hablaba ni una palabra, mientras que los demás concurrentes disputaban; yo no hacía mas que oír y mirar a Velasco, quien a la vez me miraba como preguntando ¿Qué es esto? Al fin uno propuso que se tocasen las vías pacificas y que se llamase al Ilustrísimo Obispo para que se entendiese con los del Cuartel. Así se hizo; sería media noche cuando llegó el Obispo, le impuso Velasco de lo que había y pasó al Cuartel, acompañándole yo y ningún otro seglar. Habló el Obispo con Caballero, que manifestó lo que querían y la resolución de no retroceder”.
Nuestro compatriota don Manuel Pedro de Peña refiere asimismo que “El General Gamarra, don Pío Ramón Peña y otros españoles se ofrecieron a retomar el cuartel de que se habían apoderado los revolucionarios”, pero que el asesor de Gobierno Dr. Somellera, el Gobernador Velasco y el Obispo le disuadieron y calmaron, dejando triunfar tranquilamente la revolución, sin obligarla a hacerla cuenta.
El Gobernador Velasco se negó, no obstante, a ceder a la intimación de los patriotas, cuyo diputado fue el Alférez Iturbe, el cual exigía en nombre de la revolución, que dimitiera el poder y dejara a la voluntad popular la constitución de un nuevo Gobierno. Ante la tenaz resistencia del Gobernador, y en el deseo de evitar los procedimientos violentos, los revolucionarios consintieron en disminuir sus exigencias, proponiendo otra vez a Velasco que siguiendo él en su carácter, se le adjuntaran dos personas para ejercer interinamente el Gobierno hasta la celebración de un Congreso General, que había de resolver sobre la autoridad definitiva. Pero esta proposición tampoco fue aceptada.
Mientras se tramitaba estas negociaciones, los conjurados se preparaban activamente a organizar sus elementos, adoptando las disposiciones para imponerse por la fuerza en caso necesario. Se dio aviso de lo ocurrido a los partidarios que aún lo ignoraban y con los voluntarios que se le incorporaron, se armaron tres compañías de artilleros y tres de infantería, que fueron distribuidos convenientemente.
Y SE ABRIERON DE GOLPE LAS PÁGINAS DE LA HISTORIA PATRIA
Entre tanto la noche transcurría sin que el Gobernador se aviniese a ningún temperamento conciliatorio. Resolvieron entonces los conjurados a imponerse por la fuerza, ocupando con su artillería los puntos estratégicos de la plaza. Para impresionar al Gobierno habían asimismo echado la voz entre los centinelas del Palacio que la caballería de Fulgencio Yegros se encontraba ya dentro del cuartel y que gran número de revolucionarios se reunían en el Campo Grande.
La resistencia de Velasco, sin apoyo alguno efectivo, era a la verdad tan sólo una protesta inútil que, por propio decoro, hacía su autoridad expirante. Y así fue que cuando en la mañana del 15 de Mayo de 1811 pudo medir con claridad las proporciones del movimiento y vio a las tropas que se disponían a la acción para derrocarle, el Gobernador cedió, conformándose a la última proposición de los conjurados.
En consecuencia, Velasco consintió en compartir el Gobierno con dos adjuntos nombrados por la revolución, erigiéndose provisoriamente un triunvirato hasta que un próximo Congreso (expresión de la voluntad popular) decidiese de los destinos de la Patria.
Ese triunvirato lo constituyeron: Bernardo de Velasco, el Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia y el Capitán don Juan Valeriano Zeballos.
Fuente:
Dr. Fulgencio R. Moreno, Estudio sobre la Independencia del Paraguay, párrafos, publicados en la Revista Guarán, Nº 1 del 12 de Mayo de 1939