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Sello de Lacre

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La Espada del Padre de la Patria

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La espada fue de un ilustre Gobernador del Paraguay Capitán General Don Fulgencio Yegros y Ledesma y luego de su primer Presidente Brigadier General Fulgencio Yegros

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La Poesía del Prócer Fulgencio Yegros - Libelo Acusatorio Imprimir

La corriente histórica contemporánea del Paraguay, algo poderosa, pero, no exenta de errores es la que asigna, al Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, como el celoso custodia de nuestra soberanía nacional y al Brigadier General Don Fulgencio Yegros como un simple gaucho. Error éste fundamental e imperdonable que tiene por origen las palabras del “nuevo Sancho Panza de alma hipocondríaca y tez amarillenta por la bilis”, Dr. Francia: “No atentéis contra mi vida, oh, gauchos constitucionales o por lo menos que lo haga un hombre que esté arriba de Don Fulgencio el domador”. Dos tesis serán suficientes para demostrar dicho error:

1 Tesis. ¿Un gaucho podría escribir poesías conforme al estilo predominante en esa época? Evidentemente que no, pues nunca, jamás, en la historia, que es el registro de todos los acontecimientos, hemos observado que un gaucho vibre al conjuro de un temperamento ampliamente estético, como refleja Yegros en su poesía.

Era un día de calor sofocante, Yegros se hallaba envuelto en una sábana cuando su hija Dámaza acompañada de su hermanito Rómulo José burlando la vigilancia se aproximó a él, manteniendo ambos el siguiente diálogo:

Fulgencio — (Teniendo en brazos a Rómulo José) — “Hija mía” has hecho muy bien en venir hoy, pues tengo noticias de que mañana a primera hora seré ejecutado.

Josefa Dámaza. La misma noticia me ha dado el buen Sargento Jiménez, quién nos permitió burlar la vigilancia. Papá al principio creí que se trataba de una broma bastante pesada y de muy mal gusto, pues, ¡cómo es posible que ese hombre a quién hasta ayer lo llamábamos tío Gaspar se halle tan sediento de sangre al punto de no respetar ni a sus parientes! Hoy que lo escucho de tus propios labios recién doy crédito a tal monstruosidad.

Fulgencio — Temí encontrar la muerte sin tener la satisfacción de ver a ningún familiar. Hija mía, tengo que darte algo para llevar a casa.

Sargento Jiménez — (Entrando precipitadamente), Josefa, corre a esconderte rápido que el Dictador al parecer se dirige hacia acá.

Josefa Dámaza — (Dando un beso en la boca con toda la ternura de sus pocos años a su progenitor y tomando del brazo a Rómulo José quién también le da previamente un beso) ¡Adiós papá! Esto que me has entregado servirá de libelo acusatorio contra el Dictador. Tú no morirás porque vivirás en el corazón de todos nosotros y en el de los conciudadanos. ¡Adiós papá!

Para la comprensión de la poesía es necesario tener en cuenta el ambiente en que se educó.

2 Tesis En el sentido estrictamente gramatical el gaucho nunca procede de familia distinguida. Yegros es, como en líneas sucesivas veremos, de una de las mejores familias de su época. Sus padres fueron el Coronel José Antonio Yegros casado con Doña María Ángela Franco de Torres. Sus abuelos fueron el Capitán General y Gobernador en el año 1782 Don Fulgencio Yegros y Ledesma casado con Doña María Tomaza Franco de Torres, yendo algo más lejos nos encontramos con que sus bisabuelos fueron el Maestro de Campo, General Josefo de Yegros casado con Doña Francisca de Ledesma Valderrama y así sucesivamente iríamos encontrando una ascendencia ilustrísima.

Fulgencio en su cuarteto y cuatro décima cual un proceso cinematográfico hace desfilar ante nuestra vista los pasajes más salientes de su vida, horas placenteras, horas dolorosas. Veamos estos pasajes.

Fulgencio desde su juventud se había educado en la escuela revolucionaria de Antequera y Mompoz jurando seguir las huellas luminosas dejada por ellos hasta tanto pudiese ver a nuestra patria libre e independiente. Comprendió que la independencia no podría hacerse con la misma facilidad con que se la emite en un pensamiento filosófico, sino que para ello era necesario la actividad, el movimiento y la decisión, motivos que le indujeron a seguir la carrera militar donde pronto fue conquistando el aprecio y la estima de todos sus compañeros por su indomable valor. Si no, que hablen principalmente los combates del Río de la Plata, Paraguari - Tacuarí, escenario de sus hazañas.

Bien sabido es que estos dos últimos triunfos lo consagraron como el héroe nacional y lo llevaron a ocupar la directiva del movimiento revolucionario que debería de estallar el 25 de Mayo de 1811 y que debido a circunstancias estalló el 14 de Mayo por la noche al grito de ¡INDEPENDENCIA O MUERTE!

Dice F. Tobal: “Abatido el poder español, dueño el Paraguay de sí propio dos campeones se presentaron a disputarse el mando de la nación surgente: el uno sencillo, espontáneo, patriota y puro, el otro mañoso, astuto y disimulado como Tiberio, sin otro norte que su vanidad y su ambición; el uno trae el prestigio militar de sus recientes campañas; el otro la ostentación aparatosa de majestad doctoral y de su pedantismo escolástico. El pueblo movido por una inspiración salvadora, pone sus ojos en el General Fulgencio Yegros, pero Gaspar Francia, como la serpiente tentadora, seduce al pueblo, lo fascina, halagando y atizando sus secretos instintos”. “Así trepó al poder el Narciso feo que durmió e hizo dormir al Paraguay veinte años”.

Como era de esperar apenas se hizo dueño del poder, su fantasía loca o su imaginación morbosa forjó una conspiración de los líderes de la independencia en contra suya, con el único y exclusivo fin de adueñarse del poder por todo el resto de su vida. Entre los supuestos conjurados se hallaba Yegros su rival más poderoso, quien fue tomado preso, e internado en una celda donde por fin poco antes de morir dejó por herencia a su pueblo, que tanto lo quiso, lo quiere y lo querrá unos versos donde condensa todo su repudio a la TIRANÍA y su amor a la DEMOCRACIA.

FULGENCIO YEGROS

LA POESÍA ESCRITA EN LA PRISIÓN

La poesía escrita en la prisión.

En plantar una esperanza

Me perdí todos los años

Y floreció un imposible

Con frutos del desengaño

Ninguno de los próceres de la independencia Sudamericana, nadie como él en versos tan llenos de vida, ha descrito su grande e inmarcesible amor a la libertad y a la democracia así como su jocundo dolor al ver malograda su esperanza. “No tengo miedo de sufrir y siento sobre mis pensamientos y mis actos el sello de la eternidad. Por eso me agita este deseo de crear, de propagar y perpetuar los ideales de una estirpe favorita de los cielos”.

Este ideal de superación constante lo llevó siendo aún un tierno adolescente a abrazar la carrera militar sobresaliendo de entre sus compañeros por su perseverancia y su dedicación al estudio a más de su temple férreo de combatiente. Pronto, muy pronto tendría que escribir sus primeras y ricas páginas históricas en las invasiones inglesas al Río de la Plata donde demostró sus cualidades insuperables; por un bien decir, fue un héroe en la jornada y estrechó los vínculos más indisolubles del alma americana al dar a conocer al mundo entero que el Uruguay, la Argentina y el Paraguay constituían un solo nervio, una sola alma y que por sus venas corrían una misma sangre.

“Una inflamada fuerza de vida, nacida del profundo corazón de la naturaleza, hacia el ansia de las multitudes, una vehemente zona de luz, que brota de un cielo interior para iluminar los fondos más secretos de la voluntad y del deseo humano, un verbo inaudito que surge del silencia originario para expresar lo que existe de eterno y de eternamente indecible en el corazón del mundo” luego de sus brillantes actuaciones de Paraguari - Tacuarí lo llevaron a conquistar el mayor tesoro que todo ser humano ambiciona para gloria y bienestar de su patria: “LA INDEPENDENCIA”.

El poeta soldado demócrata sonríe con el rostro iluminado de la fiesta al observar su obra, pero esta sonrisa llena de luz no se dibujará mucho tiempo, pues el horizonte se nubla anunciando la destrucción total de la misma.

Con gran cuidado busqué

Un dorado pavimento

Para poner allí dentro

La planta que cultivé

Para regarla encontré

Arroyos de confianza

Y no se encontró mudanza

En mi intento verdadero

Pues puse todo mi esmero

En plantar una esperanza

He aquí: ¡Qué pensamientos tan elevados y hermosos circundan su cabeza de luchador infatigable! En su primera décima aplaude con elegancia y maestría la democracia como única forma de Gobierno. Quiere y brega por el bienestar de sus conciudadanos, de todos aquellos que supieron acompañarlo sin desmayo y sin fatiga en sus ciclópeos combates, ya de cerca con el arma en el brazo, ya de lejos con su aliento. ¡Su bandera es la declaración de los derechos pregonados por Antequera y Mompoz y la de los derechos del hombre! “Tenemos por verdades evidentes, que todos los hombres fueron creados iguales y que al nacer recibieron de su creador ciertos derechos indiscutibles que nadie puede arrebatarles, entre éstos, el de vivir, ser libres y buscar la felicidad : que los Gobiernos no han sido instituidos sino para garantir el ejercicio de estos derechos y que su poder sólo emana de la voluntad de sus gobernados, que desde el momento que un Gobierno es destructor del objeto para el cual fue establecido es derecho del pueblo modificarlo o destruirlo y darse uno propio para labrar su felicidad y darse seguridad”.

Cuál no sería su dolor al ver que el Dictador José Gaspar Rodríguez de Francia cuya alma era más dura que el mismo diamante, hollaba todos estos principios sin miramientos de ninguna índole al erigirse por obra y gracia propia en dictador perpetuo del Paraguay, vejando, encarcelando y asesinando a mansalva a nuestra población.

Con cuidado la mantuve

Planta tan particular

Que de lágrimas un mar

En su cimiento lo tuve

Al pie del árbol

Estuve contemplando su tamaño

Con un gozo muy extraño

De alcanzar su fruto y flor

Y por cuidarla mejor

Me perdí todos los años.

Nuestro Fulgencio como cariñosamente lo llamaban sus compañeros, este esclavo de su acendrado patriotismo con “la línea de los hombros declinantes con una gracia tan noble, la cintura flexible y libre sobre las caderas fuertes, las rodillas que se movían ligeramente entre los pliegues (del pantalón) y aquel pálido rostro apasionado, aquella boca de sed y de elocuencia, aquella frente hermosa, como una hermosa frente (griega), aquellos ojos que se alargaban en las cejas, como vaporados por una lágrima que de continuo brotase y se disolviese sin caer, todo aquel apasionado rostro de luz y de sombra, de amor y de dolor, aquella fuerza, aquella vida que se estremecía” avanzaba con paso firme enseñando en una mano su espada victoriosa, en la otra su bandera flameante de gloria, modulando sus labios su dulcísima canción de unión, paz y comercio. “Te buscaré, te encontraré, te enseñorearé de tu secreto”. “Tú cantarás mis himnos elevada sobre la sumidad de mis músicas”. Su canción cuyo acento de oro semejaba a la tibia y primera confesión de amor a una niña de diez y seis abriles, era la del tratado del 12 de Octubre de 1811.

Más tarde preconiza la libertad de los ríos Paraguay y Paraná adelantándose tres años al tratado de Viena, como muy bien lo dice el querido y llorado maestro de la juventud paraguaya Dr. Manuel Domínguez. Al ver malogrado su gran pensamiento con una crueldad sin nombre por el nuevo caribe que el sur abortó Dictador Francia, el héroe de las épicas jornadas del Río de la Plata, Paraguari, Tacuarí y de la independencia no puede contener su lamento y así es como vemos desgarrada su alma en su cuarteto y cuatro décimas.

Con suspiros solamente

Refresqué sus hojas verdes

Como mi esperanza quiere

Le decía continuamente

Con vigilancia patente

Con ingenio imprescindible

La mantuve aplausible

Que pudo dar un botón

Que cautivase el corazón

Y floreció un imposible.

En tiempo del autor de estos versos imperecederos la tierra se hallaba poblada de poesías, palpitando el germen de la vida y de la juventud en sus campiñas eternamente sonrientes. En sus versos vuelan las ideas mariposas de luz del pensamiento asombrando al mundo con sus alas.

La junta gubernativa representada por Caballero, Yegros y Fernando de la Mora, dio en 1812, en el curso de pocos meses, un impulso tan poderoso y tan inusitado a la instrucción pública que si su ejemplo hubiera sido seguido por los Gobiernos sucesores con igual vigor, a la hora presente el Paraguay no cedería en instrucción a ningún otro pueblo.

Fulgencio Yegros vislumbra, como se ve a través de mi raquítico comentario, uno de los períodos más deslumbrantes de la evolución ascendente de la nación paraguaya. Su vida íntegra ha puesto al servicio de la causa de la revolución de la Independencia. Lo que claramente nos expresa que sin el impulso vital de Yegros, la nación paraguaya que desde el año 1.542 demostró bullir en su interior los ideales de “INDEPENDENCIA O MUERTE” que habían despertado (en ella) en el curso de un pasado de ignominioso vasallazo, recogido y exaltado por los precursores, habría tardado mucho en manifestarse en la forma que lo hizo bajo la influencia del hombre que supo condensar en sus obras, el espíritu de la raza.

En plantar una esperanza

Me perdí todos los años

Y floreció un imposible

Con frutos del desengaño

Con gran cuidado busqué

un dorado pavimento

para poner allí dentro

la planta que cultivé

para regarla encontré

arroyos de confianza

y no se encontró mudanza

en mi intento verdadero

pues puse todo mi esmero

en plantar una esperanza

Con suspiros solamente

refresqué sus hojas verdes

como mi esperanza quiere

le decía continuamente

con vigilancia patente

con ingenio imprescindible

la mantuve aplausible

que pudo dar un botón

de que cultivase el corazón

y floreció un imposible

Con cuidado la mantuve

planta tan particular

que de lagrimas un mar

en su cimiento le tuve

al pie del árbol estuve

contemplando su tamaño

con un gozo muy extraño

de alcanzar su fruto y flor

y por cuidarlo mejor

me perdí todos los años

Viendo contraria mi fuerte

me quedé tan sorprendido

que maldije haber vivido

y luego busqué la muerte

si este trance tan fuerte

causó un dolor tan extraño

que el corazón con desmayo

me dijo haber florecido

aquel árbol tan querido

con frutos del desengaño