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Antecedentes de la declaración de Indepedencia del Paraguay Imprimir
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Antecedentes de la declaración de Indepedencia del Paraguay
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Por el Dr. Ricardo Scavone Yegros. [1]

Como consecuencia del movimiento revolucionario de mayo de 1811, el gobernador-intendente del Paraguay Bernardo de Velasco tuvo que resignar parte de su poder y permitir que dos diputados adjuntos ejercieran con él la administración provincial. Accedió asimismo a convocar una Junta de Vecinos para que determinase la forma de gobierno más conveniente a la seguridad de la provincia. Este Congreso, realizado en junio de 1811, resolvió privar del mando al gobernador, establecer en su lugar una Junta Superior Gubernativa integrada únicamente por paraguayos, y excluir de la función pública a los españoles peninsulares. Decidió además que el Paraguay se gobernaría de manera independiente hasta tanto las determinaciones del futuro Congreso de las Provincias del Plata fueran aprobadas por una nueva asamblea.

Quedó conformado así, de hecho, el Estado paraguayo, aunque conservando la denominación de provincia y asegurando aún fidelidad al Rey de España. Su constitución de derecho se produjo en el Congreso de 1813, que resolvió no enviar diputados a la Asamblea de las Provincias Unidas del Plata, cuyas deliberaciones ya se habían iniciado en Buenos Aires. Desde entonces se lo designó con el nombre de República del Paraguay y se omitió toda expresión que implicara reconocimiento de la soberanía del monarca español. Faltó, no obstante, una declaración formal y explícita de independencia.

Durante la dictadura del doctor José Gaspar de Francia, instituida por el Congreso de 1814 y transformada en perpetua por el de 1816, el Paraguay tuvo que soportar un largo y muy pesado aislamiento con el exterior. Sólo el puerto de Itapúa, en la margen derecha del Paraná, fue habilitado, a partir de 1823, para un restringido comercio con el Brasil. A la muerte del dictador, en 1840, la emancipación paraguaya estaba consolidada en el interior, pero no había sido expresamente reconocida por Estado alguno.

 

En marzo de 1841 se reunió un nuevo Congreso General, para resolver el problema de sucesión gubernativa creado por el fallecimiento del doctor Francia. En él se decidió confiar el gobierno a Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso, con el título de Cónsules de la República. El Congreso determinó también poner fin a la clausura de las fronteras, permitiendo a los nuevos gobernantes iniciar relaciones de amistad y comercio con otros gobiernos, y habilitar para el tráfico mercantil, a más del puerto de Itapúa, el de la Villa del Pilar.

RELACIONES CON LA PROVINCIA DE CORRIENTES

Los cónsules consideraron que la orientación aprobada por el Congreso debía ejecutarse con la mayor prudencia posible. Se limitaron por tanto a consentir el acceso de buques mercantes hasta Pilar, dejando que los otros gobiernos tomaran la iniciativa para el establecimiento de relaciones amistosas.

Al tener conocimiento de la apertura paraguaya, el gobernador de Corrientes, general Pedro Ferré, comisionó a un enviado especial ante López y Alonso. Su provincia afrontaba en esos momentos una guerra contra el gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, quien tenía a su cargo la conducción de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina. Un ejército comandado por el gobernador Echagüe de Entre Ríos se aprontaba para someter a la provincia rebelde, mientras los correntinos organizaban sus cuadros bajo la competente jefatura del general José María Paz.

Los cónsules no recibieron al enviado de Corrientes, pero le permitieron comunicar por escrito, desde la guardia fronteriza en que había permanecido, los propósitos de su misión. Como ellos consistían en establecer relaciones y proponer el envío de plenipotenciarios para negociar acuerdos de amistad y comercio, López y Alonso aceptaron recibir a los agentes correntinos, a condición de que vinieran autorizados también para definir la delimitación territorial.

El 31 de julio de 1841, los gobernantes paraguayos suscribieron en Asunción con los enviados del gobierno de Corrientes un tratado de amistad, comercio y navegación, y otro de límites. En el primero las partes acordaron concederse recíproca libertad de comercio, admitiendo el Paraguay que buques mercantes procedentes de aquella provincia llegasen hasta la Villa del Pilar y que el comercio terrestre pudiera verificarse en determinados puntos fronterizos. El tratado de límites tenía carácter provisorio, y se aclaraba en él que no perjudicaba los derechos del Paraguay, ni los de la Argentina. Era simplemente un “modus vivendi” con el que se pretendía conjurar conflictos, hasta que se pudiera arribar a una solución definitiva.

Corrientes aprobó ambos tratados en agosto y los mismos entraron en vigencia luego de la entrega en la capital paraguaya de los instrumentos de ratificación. Los acuerdos de 1841 proporcionaban un marco claro y preciso para el normal desarrollo de las relaciones entre el Paraguay y Corrientes. Se inició de esa forma una nueva etapa en la vida internacional de la República, que abandonó mediante compromisos ineludibles la política de aislamiento con el exterior que hasta entonces había normado su conducta (1).

UNA PRESUNTA EXPEDICION PORTEÑA

El acercamiento entre correntinos y paraguayos no podía pasar desapercibido al gobernador Rosas, siempre atento a cuanto pudiera influir en la guerra contra los que él denominaba “salvajes unitarios”. En mayo de 1841 se denunció en Corrientes que el gobernador Echagüe había liberado a un oficial correntino aparentemente afecto a la causa rosista, encomendándole que regrese a su provincia y le avise desde allí si realmente existían relaciones entre ella y el Paraguay. “El Nacional Correntino” comentó la noticia señalando que seguramente Rosas, a quien respondía el gobernador entrerriano, había dispuesto el envío del oficial para impedir dicha vinculación, debido a que “en sus inicuos planes entra y ha entrado siempre atacar la independencia y soberanía” del Estado paraguayo (2).

En junio siguiente circuló en la misma provincia la noticia de que en Buenos Aires se estaba preparando una expedición con destino al Paraguay. Se decía que una embarcación armada procuraría llegar a territorio paraguayo, quedando por ende las costas correntinas en el Paraná expuestas a una acción sorpresiva de su parte.

Previendo dicha eventualidad, el general Paz recomendó al gobernador delegado Manuel Ferré el armamento de un par de buques o la instalación de puestos militares en algunos puntos de la costa, con el propósito de impedir el tránsito fluvial. A su criterio la llegada de la expedición era perfectamente posible, si se tenía en cuenta que Rosas no se “dormía” y que las relaciones de Corrientes con el Paraguay le hincaban “como una molesta espina”. Estaba cierto de que el gobernador de Buenos Aires haría lo que estuviese a su alcance para “destruir” esos vínculos, “ganando él la confianza de nuestros vecinos”. En su respuesta el gobernador delegado le aseguró que disponía de “medios más que regulares para molestar e impedir (?) el tránsito del convoy de Rosas al Paraguay”, y que sería fácil construir una batería en el lugar apropiado, cuando fuere conveniente (3).

Las noticias sobre la expedición fueron confirmadas y ampliadas más adelante por Juan Andrés Gelly, un alto funcionario del gobierno uruguayo. Gelly participó al gobernador Ferré que un comerciante inglés residente en Montevideo había salido de esa ciudad con destino al Paraguay, pasando previamente a Buenos Aires para evitar ser detenido en Martín García o para “concertarse con Rosas”. Le advertía que aunque el viaje se realizaba con el “pretexto” de entregar un despacho del gobierno británico, el sobrecargo de la embarcación iba con el verdadero carácter de agente del gobernador porteño y estaba encargado de “provocar al Gobierno del Paraguay a un tratado, cuando menos de comercio, pero si es posible, a un tratado como el de la Liga de las Provincias litorales”. Gelly, invocando su condición de paraguayo, pidió a Ferré que transmitiese estas novedades a los cónsules, diciéndole:

“V. E. conoce bien las arterias, y política constante del Gobierno de Buenos Aires sobre todos los Pueblos litorales (?): Este conocimiento (?) le hará penetrar fácilmente todas las consecuencias que puede sacar de sus relaciones y negociados con el Paraguay. Confío en que el buen sentido, y la prudencia del Gobierno de la República inutilizarán los manejos y arterias de Rosas: pero la comunicación sola de sus Agentes con los habitantes del Paraguay, es ya muy peligrosa al sosiego, y a los intereses de la República”.

En el mismo oficio Gelly aludió, a la eventual afluencia de extranjeros que podría originar el éxito de este viaje, exponiendo su opinión en los siguientes términos:

“Yo cuento que el Gobierno de mi Patria conoce bien sus intereses, y debe saber por la experiencia de lo que ha pasado en toda la América con los Extranjeros, que la política de las nuevas Repúblicas debe estar reducida a esta sabia máxima, Amistad, Paz y Comercio con todas las Naciones, tratados con ninguna; y el Paraguay debe, más que ninguna, ser muy rígido en esto: Porque abrir repentinamente el Comercio y la Comunicación con todo el Mundo, después de 25 años de aislamiento, y bloqueo voluntario, sería abrir sobre esa República la Caverna de las tempestades” (4).

El gobernador correntino envió a los cónsules copia de este documento sin añadir comentarios, pero solicitándoles una opinión sobre la forma en que debía proceder ante la llegada del buque. Al agradecer la remisión de la nota, López y Alonso manifestaron a Ferré que hubieran preferido conocer sus ideas sobre el tema, dadas las dificultades que ellos tenían “para estar al corriente de los sucesos”. Coincidiendo con las ideas de Gelly, los cónsules consignaron además que deseaban “cultivar la paz y amistad con todos”, pero que las circunstancias les impedían ajustar muchos tratados o aspirar “a otros puertos que el de esa provincia, mientras no se pongan de a cuerdo las de la República Argentina”. En cuanto a la embarcación del comerciante inglés, admitían que “las combinaciones” entre la legación británica y el gobierno porteño resultaban llamativas. Sin embargo, recordaron a Ferré el artículo del tratado de amistad en que se salvaba su derecho a mantener comunicaciones oficiales con otros gobiernos, para que lo tuviera presente en caso de arribar a su provincia el referido buque (5).

Con el evidente propósito de no crear motivos de fricción entre Corrientes y el Paraguay, el gobernador Ferré decidió permitir el tránsito del buque. El 19 de agosto, escribió a los cónsules para explicarles que sus informes sobre la expedición no buscaban una “repulsa” de la misma, sino simplemente llenar “el deber que impone la lealtad entre gobiernos amigos”. Les comunicaba seguidamente que la embarcación sobre la cual versaron las consultas arribó a Goya el día 12, con bandera y patente de Buenos Aires, es decir, reuniendo todos los requisitos para que el gobierno de Corrientes pudiera apresarlo en virtud de “la guerra que tiene declarada al Tirano de aquella Provincia”. Aseguraba no obstante que “la circunstancia de ser despachado para esa República”, sin restar validez a sus derechos, le proporcionaba la oportunidad de demostrar a los gobernantes paraguayos la “obsecuencia” de su amistad, por lo que no perturbaría su paso, “en obsequio al punto a que se dirige” (6).

EL COMERCIANTE HUGHES EN PILAR

El buque que había despertado tantos temores en los adversarios de Rosas, conducía hacia el Paraguay a Richard B. Hughes, un comerciante inglés radicado en Montevideo. El había obtenido de su gobierno, mediante la intervención del cónsul general británico en dicha ciudad, una nota de presentación para el doctor Francia, con la que creía poder iniciar actividades mercantiles en la República. Decidido a llegar al Paraguay, en los primeros meses de 1841 viajó previamente a Buenos Aires, en donde adquirió un buque y mercaderías. Su embarcación partió a principios de julio, bajo bandera argentina y armada con cuatro piezas de artillería (7).

En la segunda quincena de setiembre, Hughes se presentó en Paso de la Patria y desde allí remitió a los cónsules una nota personal, a la que acompañó el despacho oficial del gobierno británico. En su nota refería que el oficio adjunto fue recibido en Montevideo a fines de enero, que a mediados de mayo la legación de su país obtuvo del gobierno de Buenos Aires el “permiso para cargar el Bergantín La Palma”, y que el 5 de setiembre arribó a la ciudad de Corrientes. Explicaba que su presencia en el Paraguay tenía por objeto “abrir una relación comercial con esta República en la forma y bajo las bases que el Eximo. Gobierno establezca”. Por último hacía llegar a los gobernantes paraguayos las felicitaciones del ministro británico en Buenos Aires, John Henry Mandeville, asegurándoles a nombre de éste que su gobierno estaba dispuesto a “promover por todos los medios en su alcance una relación con los Señores Cónsules que pudiese ser ventajosa a ambas partes”, esperaba que se accediera a la solicitud de Hughes “como primer paso a tal relación” (8).

El despacho oficial estaba firmado por el Vizconde Palmerston, Secretario de Relaciones Exteriores de la Reina de Gran Bretaña, y destinado al doctor Francia, cuya muerte era desconocida en Europa cuando el documento fue redactado. En él, Palmerston pedía al dictador protección para su compatriota, quien viajaba al Paraguay “con la esperanza de abrir relaciones mercantiles en aquel País”.

Manifestaba luego que pese a no tener conocimientos precisos acerca de las leyes que regulaban la actividad comercial de los europeos en la República, entendía que “la empresa proyectada en esta ocasión por uno de los súbditos de su Majestad” no sería mirada desfavorablemente. Fundaba su convicción en las expresiones que años antes consignó el gobierno paraguayo en un oficio remitido al Cónsul General Británico en Buenos Aires (9). Al mismo tiempo, garantizaba la buena predisposición de su gobierno para promover una vinculación con el Paraguay, destacando que la recepción de Hughes, sería considerada como un primer paso para concretarla (10).

Lord Palmerston no se había limitado por tanto a recomendar y requerir protección para un súbdito inglés. Se valía de la oportunidad para sondear la apertura del Paraguay al comercio británico. Y lo hacía sin exponerse a humillación alguna, dado que Hughes viajaba como particular y con la advertencia de que no debía esperar auxilios de su gobierno en esta aventura. Por dicha razón los vejámenes o descortesías que las autoridades paraguayas pudieran inferirle, no tendrían que ser considerados como ofensivos al honor nacional. Se dejaba en claro de todas maneras, tanto en el oficio de Palmerston como en el mensaje verbal de Mandeville, que la buena acogida que se le brindara serviría para adelantar las relaciones efectivas entre los dos Estados.

Tras imponerse del contenido de ambos documentos, López y Alonso autorizaron el tránsito del comerciante Hughes, con su buque y tripulación, hasta el puerto de Pilar, a fin de que pudiera “expender su hacienda a cambio de frutos del país”. Al participar al inglés esta determinación, los cónsules exteriorizaron su deseo de mantener una “sincera amistad y buena correspondencia con Su Majestad Británica y sus ministros”. Le anunciaron que oportunamente responderían el oficio de lord Palmerston, y le pidieron que agradeciera al ministro Mandeville por sus felicitaciones. El mismo día ordenaron al comandante de Pilar que atendiese al comerciante inglés “con demostraciones de amistad”, ofreciéndole casa y “cualquier auxilio que necesite” (11).

Después de recibir el aviso de los cónsules, Hughes les remitió una segunda nota en la que expresó su reconocimiento por la “franquicia” que se le había acordado y comunicó su próxima partida hacia la Villa del Pilar. En la ocasión, transmitió un encargo del gobierno de Buenos Aires que curiosamente no había mencionado hasta ese momento. Indicaba que el gobernador delegado de aquella provincia, Felipe Arana, le había pedido que hiciera llegar a los gobernantes paraguayos “las seguridades de su más alta consideración” y que les asegurase sus “vivos deseos” de entablar con ellos “relaciones de buena correspondencia y amistad” (12).

La revelación de tal mensaje, luego de haber obtenido el permiso para llegar hasta Pilar, aumentó la desconfianza de los cónsules en cuanto a los verdaderos propósitos del viaje de Hughes. La comunicación confirmaba en alguna medida las advertencias de Gelly acerca de un entendimiento entre el gobierno porteño y el comerciante inglés. Las prevenciones de López y Alonso tomaron cuerpo poco después, cuando llegó a sus manos un documento interceptado por los correntinos, y que el gobernador Ferré les remitiera por contener “fuertes referencias” sobre el Paraguay, en cuanto “a las miras que el Tirano Rosas tiene sobre su porvenir” (13).

Se trataba de una nota de fecha 10 de junio de 1841, dirigida por el gobernador porteño al general Echagüe, en la que consignaba respecto del gobierno paraguayo lo siguiente:

“(?) es cierto que todos los informes coinciden en que los tales Cónsules son unos baguales, o unos muñecos, de los que podría sacarse gran partido: pero no obstante lo urgente por ahora es que no se liguen a los salvajes unitarios de Corrientes, contemplándolos, halagándoles, e infundiéndoles confianza. Lo demás vendrá después”.

Rosas recordaba seguidamente al gobernador entrerriano su posición contraria a la emancipación del Paraguay, asegurando que la Confederación Argentina tenía derecho a exigir que los paraguayos adoptaran “el sistema santo y nacional de la federación”. Entendía no obstante que por el momento lo más apropiado era evitar que sus pretensiones se conocieran. Y reiterando lo expuesto con anterioridad, concluía diciendo:

“Usted ve, compañero, que por poco que esos hombres quisieran hacer hoy contra nosotros, en unión de los salvajes Ferré, Paz y demás cabecillas nos podrían reducir a una situación crítica. Algo hay de cierto en lo que a usted le han dicho; algo medito con tendencia a infundirles confianza, y atraerlos” (14).

El oficio del gobernador de Buenos Aires permitió a los cónsules apreciar mejor los alcances de las protestas de amistad que les hizo llegar, por medio de su gobernador delegado y de un comerciante extranjero. Al tiempo de agradecer al general Ferré por el envío del documento ?cuya autenticidad no pusieron en duda?, López y Alonso manifestaron que el mismo les había ayudado a comprender el mensaje transmitido por Hughes, que reproducían a fin de que el gobernador correntino pudiera compararlo “con la carta interceptada” y ver “cumplido el anuncio de infundirnos confianza” (15).

EXPLICACIONES DE HUGHES Y VISITA A LA CAPITAL

Las informaciones recibidas por el gobierno paraguayo no eran graves, pero demandaban un proceder cauteloso. La nota en que Rosas anunciaba la adopción de medidas para ganar la confianza del gobierno paraguayo, las advertencias sobre el intento de utilizar la expedición británica, los encargos del gobierno de Buenos Aires revelados por Hughes y la llegada de este último en una embarcación con bandera argentina, eran indicios que en conjunto bien podían despertar alarma. De todos modos, López y Alonso conservaron la calma, decidiendo antes que nada pedir al comerciante inglés que explicara los aspectos oscuros de su viaje.

El 5 de octubre, es decir dos semanas después de autorizar su ingreso, los cónsules dispusieron que cuando la embarcación de Hughes enarbolase “el pabellón de Buenos Aires”, el comandante de Pilar planteara a su dueño algunas preguntas redactadas por el gobierno. En consecuencia, el inglés fue citado de inmediato para responder a dicho interrogatorio.