EL PRIMER YEGROS EN EL PARAGUAY

Diego de Yegros, primero de su linaje en el Paraguay, aparece como Secretario Mayor de Gobierno o Escribano de Gobierno inmediatamente después de la división de la “Provincia gigante de las Indias”, consumada en 1621. En tal carácter y durante el conflicto entre el Gobernador Frías y el obispo Torres resulta excomulgado. Según Aguirre, los jesuitas de Asunción habrían producido un parecer, el 14 de Noviembre de 1622, sobre la invalidez de tal pena canónica.

Idos definitivamente Gobernador y Obispo, Yegros permanece en el país y aquí constituye su familia, sirve en las milicias provinciales en más de una de esas entradas al Chaco que constituyen títulos de nuestra soberanía en esa región, y en 1636, ya Capitán, es Teniente de Gobernador de la Villa Rica del Espíritu Santo y Puerto de Mbaracayú, en plena emigración de esta comunidad por las selvas del Noreste. Ese mismo año, otorga un poder a favor del maestre de campo Felipe Torrillas Linares, su cuñado, y de Marcos García de Roa, su compadre.

Integra varias veces el Cabildo de Asunción y alcanza la dignidad de Teniente General de Gobernador, justicia Mayor y Capitán de Guerra, la segunda en toda la jerarquía provincial.

Brazo derecho del Obispo - Gobernador Fray Bernardino de Cárdenas en su movimiento comunero de 1649, es sometido a juicio con todos los parciales de éste, vale decir con la plana mayor de la clase directiva paraguaya de entonces, y en 1651 el gobernador y visitador Andrés Garabito de León lo condena a privación perpetua de oficios de justicia y otros públicos, a lo que agrega la imposición de una multa.

El General Diego de Yegros tuvo, en primera vida, encomiendas de indios en los pueblos de San Francisco de Atyrá, San Pedro de Ypané, Todos los Santos de Guarambaré. San Lorenzo de los Altos y San Blas de Itá, en las que le sucedió su hijo varón, y consta que era ya difunto en 1660.

Casó en Asunción con la paraguaya doña Francisca de Guzmán o de Vera y Guzmán, nacida posiblemente hacia 1620, e hija legítima del Capitán García Venegas, hijo éste del conquistador del mismo nombre y de una indígena guaraní, y de doña Blanca de Guzmán o Riquelme de Guzmán que lo era del General Alonso Riquelme de Guzmán, conquistador español venido con el adelantado Cabeza de Vaca, y de la mestiza asuncena Ursula de Irala, hija, ésta, a su vez, del Gobernador Domingo Martínez de hala y de la india Leonor. A través de ella, pues, los Yegros hunden sus raíces en los albores de la cristianización de estas tierras.

LOS YEGROS EN EL SIGLO XVII

El General Diego de Yegros y doña Francisca de Vera y Guzmán, ya difunta en 1682, fueron padres legítimos del Capitán Diego de Yegros y de doña Ignacia de Yegros y Guzmán.

El capitán Diego de Yegros, segundo de su nombre en el Paraguay y el primero de los aquí nacidos, también sirvió en las milicias provinciales. Antes de 1660 había sucedido ya en segunda vida a su padre en las encomiendas de indios que éste poseyera, y en cumplimiento de las obligaciones de dicho título, acompañó al Gobernador Alonso Sarmiento de Figueroa en la visita general de la provincia. Debido a ello, le tocó estar presente en la rebelión de los indígenas de Arecayá, en octubre de 1660, y fue uno de los 40 vecinos sitiados por aquéllos en la iglesia de dicho pueblo. Perdió en la ocasión los documentos que acreditaban sus derechos, por lo que se le despacharon nuevos, por dos vidas, el 14 de Enero de 1661. El 10 de Marzo de 1665, comparecía como testigo en la pesquisa practicada por el visitador Pedro de Rojas y Luna, sobre los excesos de la represión, y declaraba ser de edad de treinta y dos años: a tenor de esta manifestación suya, había nacido en 1633.

Que era hombre de pública buena fama se comprueba con la circunstancia de que, como vecino encomendero persona hacendada de esta ciudad se lo aceptaba por fiador del Chantre de la Catedral de Asunción, en 1662. Además, se le reconocía capacidad: así, en 1668 compareció ante la Audiencia de Buenos Aires, como Procurador del Paraguay, para gestionar, aunque sin éxito, que los naturales de Aguaranambí y Caaguazú no se incorporasen a la Corona.

Desde 1672, es Tesorero de la Real Hacienda en Asunción, o Teniente Juez Oficial Real Tesorero, o Teniente de los Oficiales de las Reales Cajas, como indistintamente se denomina el cargo. En ejercicio del mismo, amén de recaudar los diversos gravámenes entonces en vigencia, debe pagar las cuentas del Estado, y así interviene en la construcción de un barco que a expensas de la Real Hacienda y para la defensa del puerto de Buenos Aires, se construye en Asunción durante el Gobierno de Felipe Rexe Corvalán; percibe el importe de los oficios concejiles subastados en pública almoneda, y a veces, por hacerle amistad y buena obra, paga por alguno de los adjudicatarios que no dispone de fondos en ese momento. En 1676, participa activamente de las deliberaciones de la junta de guerra convocada con motivo de la invasión de los bandeirantes a la Villa Rica del Espíritu Santo, y le corresponde bailar recursos para montar la expedición punitiva que en esa ocasión se acuerda enviar al rescate de los guaraníes cristianos que han sido cautivados por los incursores.

Parece que a los 40 años su salud ya no era buena, pues consta que contrató a Juan Corral para que como su personero fuera al Chaco en dos expediciones sucesivas, y le había ofrecido como remuneración dos carretas con sus lechos y dos yuntas de bueyes. En todo caso, antes de cumplir los 50 habría de fallecer bajo disposición testamentaria.

El tesorero Diego de Yegros estuvo casado con la paraguaya doña Antonia Vallejo Villasanti, que testó y murió en 1684, hija legítima del maestre de campo Juan Vallejo Villasanti el viejo y de doña María de Rojas Aranda, y descendiente de conquistadores y de indias guaraníes.

Fueron sus hijos Diego, Joaquín, fraile mercedario, ya fallecido en 1682; José; doña Lorenza, esposa del maestre de campo Pedro Domínguez de Ovelar; Martín, Miguel y Ramón, que en 1684 eran novicios jesuitas; Juan; un segundo Joaquín, más tarde sacerdote jesuita; y Gertrudis de Yegros y Vallejo, casada antes de 1705 con el capitán Luís de Escobar y Gutiérrez, santafecino y hermano del poco afortunado Gobernador de los mismos apellidos, de cuyo matrimonio creemos que descendía el Padre Amancio González y Escobar, evangelizador del Chaco a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. Hubo también un hijo natural reconocido del segundo Diego de Yegros, llamado Pascual de Yegros.

Doña Ignacia de Yegros y Guzmán, igualmente conocida como doña Ignacia de Guzmán y Yegros, en a ida de sus padres había contraído matrimonio con el Capitán don Luís Osorio de Quiñones, y en 1681, va viuda, otorgaba su testamento. La sobrevivieron dos hijos legítimos: el maestre de campo don Francisco de Quiñones y Osorio, que testó y murió en 1712, sucesivamente viudo de doña Ana de Céspedes Xeria, con cuatro hijos, y de doña Juana Vallejo Chacón, sin descendencia; y el Capitán Andrés Quiñones, menor de 12 años en 1683. Este último en 1735 era considerado como “sujeto anciano y maduro”, o “anciano y cuerdo”, y resultaba sucesivamente designado Justicia Mayor en ínterin por el Gobernador Bruno Mauricio de Zavala, y Alcalde Ordinario de primer voto, con motivo de la derrota final de los comuneros. Aquí encontramos una muestra más de cuan intrincada era ya la red de los emparentamientos entre los paraguayos de mediados y fines del siglo XVII: tanto don Francisco de Quiñones y Osorio, como su segunda esposa, antes viuda del Capitán Juan de Lencinas, eran primos hermanos de los Yegros Vallejo; él, en la forma ya expuesta; y ella, por ser hija legítima del maestre de campo General Lázaro Vallejo Villasanti u Ortega Vallejo, hermano de doña Antonia Vallejo Villasanti. En cuanto a la esposa del Capitán Andrés Quiñones, doña Inés de Figueroa, era hija de doña María de Céspedes Xeria, a su vez hermana de la primera esposa de don Francisco.

La descendencia de doña Ignacia de Yegros y Guzmán y del Capitán don Luís Osorio de Quiñones se extiende a lo largo del siglo XVIII, y es uno de sus más destacados varones el maestro Andrés Félix de Quiñones, por 58 años integrante del Cabildo de la Catedral de Asunción, de la que era Arcediano a su muerte, ocurrida en 1782.

Del punto de visto histórico, revisten particular interés para nosotros cuatro de los diez hijos del segundo Diego de Yegros y de doña Antonia Vallejo Villasanti. Son ellos Diego, José, el segundo Joaquín y doña Lorenza de Yegros y Vallejo.

El Capitán Diego de Yegros, tercero de su nombre en el Paraguay, en 1682 estaba ya casado con doña Ana Riquelme de Guzmán, hija legítima de don Gabriel Riquelme de Guzmán, Regidor perpetuo del Cabildo de Asunción, y de doña María González de Santa Cruz, sobrina nieta del primer Beato paraguayo, y biznieta del Gobernador y cronista Ruy Díaz de Guzmán, nieto éste, a su vez, de Domingo Martínez de Irala. Tuvo Yegros encomienda de indios, fue terrateniente en el valle de Mburicaó y en el paraje de Itauguá, y exportaba yerba mate al Río de la Plata. El y su esposa fueron grandes benefactores de los frailes mercedarios: hacia 1700 les donaron tierras y edificios para su convento e iglesia, que aún ocupaban éstos en 1793, en el área en la que hoy esta ubicado el Hotel Guaraní y la antigua Escuela Normal; y además, tomaron a su cargo y en beneficio de la referida comunidad religiosa, un censo que gravaba una casa de Asunción y una chacra. Creemos que este tercer Diego de Yegros habrá fallecido entre 1725 y 1730: en todo caso, era ya difunto en 1735. Fueron sus hijos legítimos los PP. Predicadores Fray José y Fray Juan de Yegros, mercedarios; el P. Sebastián de Yegros, jesuita, al que nos referiremos entre los fundadores de villas y pueblos; el Capitán Diego de Yegros, el 4° de su nombre, casado con doña Catalina Blázquez de Valverde, de linaje de Oidores y Gobernadores; el Capitán Alonso de Yegros; doña María, casada con el Capitán José Delgado de líala, sin sucesión; doña Ana, con el Capitán Juan de Vargas: doña Antonia, con el Capitán Antonio Domínguez, abuelos ambos del cronista Pedro Vicente Cañete; doña Francisca, con el capitán Melchor de Vargas Machuca; doña Rafaela, con el Capitán Martín de Aliénele; doña Melchora, muerta soltera antes de 1739; y doña Bernardina de Yegros y Guzmán, que (esto en 1735, casada después del fallecimiento de su padre con el Teniente Leandro de Candía, sin hijos. Al morir el tercer Diego de Yegros, sus hijos Diego y Alonso estaban en la cárcel por comuneros, y el primero de ellos había acompañado a Antequera hasta Chuquisaca y era también ya difunto en 1735. Los grados militares que invisten hijos y yernos nos indican que los varones de la familia no eludían sus obligaciones en correrías al Chaco y en la defensa de los campos de Jerez.

El maestre de campo José de Yegros, citado en tercer lugar en los respectivos testamentos de su padre y de su madre, se mantenía soltero en 1684. En mérito de sus descollantes servicios, fue Maestre de Campo General, el más alto cargo netamente militar y el tercero en la jerarquía provincial, y su injustificada separación de dicho mando constituyó uno de los factores decisivos para la deposición del Gobernador Antonio de Escobar y Gutiérrez por el Cabildo de Asunción, en Enero de 1705. En 1708, era Superintendente de la Villa Rica del Espíritu Santo, y adoptaba los recaudos necesarios para prevenir una posible penetración portuguesa en los yerbales y selvas del Mbaracayú y el Jerez Ñu. Además y por especial comisión del Juez de Residencia en funciones, practicaba en esa localidad las diligencias correspondientes; y ese mismo año, era uno de los podatarios para testar de su hermana Gertrudis. En 1710, designado Protector General de Naturales por el Cabildo de Asunción, acompañaba al Gobernador Manuel de Robles en la visita a los pueblos de indios. Falleció en Asunción, el 18 de Agosto de 1718, quizá de la epidemia de “cursos de sangre” que por entonces azotaba a la ciudad, y era solemnemente sepultado en la Catedral.

El maestre de campo General José de Yegros y su esposa, doña Francisca de Ledesma Valderrama, cercanamente emparentada con el antiguo Gobernador Martín de Ledesma Valderrama, fueron padres de nueve hijos, entre varones y mujeres, los Yegros y Ledesma, de cuya actuación, desarrollada íntegra en el siglo XVIII.

Joaquín de Yegros, el noveno entre diez hermanos, llevaba el mismo nombre de otro, fraile mercedario, que presumiblemente habrá muerto antes del nacimiento de aquél. Era muy niño en 1684, y veinte años más tarde, ya hermano jesuita, reconoce que debe a su cuñado Pedro Domínguez de Ovelar alimentos desde su niñez y los costos de su ingreso al Colegio de Montserrat, en Córdoba del Tucumán. En esa oportunidad y con licencia de sus superiores, dona el remanente de su legítima paterna y materna a su hermano Diego. En 1708, ya sacerdote, era enviado a Salta y el año siguiente acompañaba a la expedición del Gobernador Urízar al Chaco santiagueño, y quedaba hasta 1719 a evangelizar a los Mbocovíes y Malbalás, sucesivamente en los fuertes de San Esteban y Miraflores. Con grandes fatigas y penurias, regresó de nuevo hasta que en 1724 recogió a los indígenas en San Miguel del Tucumán. Entre asaltos de infieles y epidemias de viruela, siguió evangelizando a los Lules cuando menos hasta 1737. Pertenecía a una estirpe que dio a América española grandes misioneros e hizo honor a estos antecedentes.

Doña Lorenza de Yegros y Vallejo, mencionada en cuarto lugar entre los hijos del segundo Diego de Yegros y de doña Antonia Vallejo Villasanti, en 1682 ya estaba casada con el Capitán Pedro Domínguez de Ovelar, más tarde Maestre de Campo. Este, aparte de sus eminentes servicios en las milicias y en los oficios de Cabildo, fue un trabajador eficaz e infatigable: entre 1687 y el 89, dirigió la construcción de la cuarta Catedral de Asunción; y en 1691, contribuyendo en gran medida de su propio peculio, la de la nueva iglesia parroquial de españoles de la Encarnación, en el emplazamiento de una antigua capilla de Santa Lucía, edificio que, con unas pocas reformas, habría de subsistir hasta 1889. En 1705, era Alcalde Ordinario de primer voto y le correspondió dirigir a la corporación municipal asuncena en la ya recordada deposición del Gobernador Escobar y Gutiérrez; y en 1714, crecido en años pero todavía fuerte y animoso, tenía a su cargo, por mandato del Gobernador Juan Gregorio Bazán de Pedraza, la dirección de los trabajos de erección de la nueva población de San Felipe Borbón en el Valle de Bastan, más conocida como la Villeta del Guarnipitán, empeño para el cual contribuyó con cuantiosos recursos de su fortuna personal. Creemos que habrá fallecido poco después, ya que no figura en los acontecimientos de los sucesivos Gobiernos de Reyes Balmaceda y de Antequera.

Fueron hijos suyos Lorenza, casada con el maestre de campo Francisco de Agüero, paraguayo, con descendencia Juana, casada con el peninsular Dionisio de Otazú, que vino con el Gobernador Mendiola en 1691 y fue aquí Alférez Real, con sucesión: María, casada con el Sargento Mayor Antonio Fernández Montiel, paraguayo y destacado comunero, con dilatada descendencia; y el General Cristóbal Domínguez de Ovelar, el último jefe de los comuneros del Paraguay.

LOS YEGROS EN EL MOVIMIENTO COMUNERO

Como todo el elenco directivo paraguayo de entonces, los Yegros, tanto por línea de varonía cuanto femenina, así como también sus parientes por afinidad, se ven envueltos en la gran revolución con la que culmina en el siglo XVIII el movimiento comunero del Paraguay.

Hemos visto ya que al antepasado común de todos ellos, el General Diego de Yegros, de actuación distinguida en la primera mitad del siglo XVII, le cupo participar en primera fila en los sucesos de la época del obispo Gobernador fray Bernardino de Cárdenas, y por ello resultaría condenado en juicio, como ocurrió con toda la gente del Cabildo de entonces.

Su nieto, el maestre de campo General José de Yegros es desposeído del mando militar en Enero de 1705 y ello provoca la reacción capitular. Los hechos se van enlazando, la situación se agrava y desemboca, antes de terminar el mes, en la deposición del Gobernador Antonio de Escobar y Gutiérrez, episodio que puede ser considerado como el último de los que caracterizan al movimiento comunero del siglo XVII, y antecedente próximo, cronológicamente el más inmediato, de la gran revolución que ha de culminar con Antequera y con el singular período del Común en armas. Estos resultados ya no los vería Yegros, por su relativamente temprano fallecimiento, y tampoco participarían de los mismos sus dos hijos varones, Pedro Pablo y Fulgencio, por su muy corta edad.

El marido de otra nieta, el ya recordado maestre de campo Pedro Domínguez de Ovelar, era Alcalde Ordinario de primer voto en 1705 y presidió el acuerdo en el que se dispuso la separación del poder de Escobar y Gutiérrez. El también parece haber fallecido antes de la época de Antequera.

Un yerno de Domínguez, el Capitán Dionisio de Otazú, a la sazón Alférez Real propietario, se agraviaba de procederes del mismo Gobernador y en 1705, él también, votaba por su deposición. No obstante ello, defeccionaría más tarde, durante el Gobierno de Reyes Balmaceda, y toda su actuación pública posterior sería adversa a los comuneros.

A otro de los yernos, el Sargento Mayor Antonio Fernández Montiel, le cabría desarrollar proficua y decisiva acción comunera: activo militante en tiempos de Antequera, sería Alcalde Ordinario de primer voto en 1726 y seguiría con figuración e influencia por el resto de esa década. El y su esposa, doña María Domínguez de Ovelar, tuvieron cinco lujas, todas mujeres, y fue nieto suyo fray Fernando Caballero, del capítulo provincial franciscano, que estuvo en el cuartel revolucionario la noche del 15 de Mayo de 1811 y participó del Congreso de Junio.

A la cuarta generación de la familia que estamos estudiando, en el Paraguay, pertenecen los Capitanes Diego de Yegros “el Mozo” y Alonso de Yegros, vivientes en 1735, hijos del tercer Diego y de doña Ana Riquelme de Guzmán, ambos estaban en la cárcel, por comuneros, a la muerte de su padre. Diego, el mayor de los dos hermanos tuvo encomienda de indios, resultó electo Alcalde de la Santa Hermandad en 1720, colaboró con don José de Antequera y lo acompañó en 1725 hasta Córdoba y quizá hasta Chuquisaca, y durante el Gobierno de Martín de Barúa, en plena efervescencia de la prédica de Mompós, fue Alcalde Ordinario de primer voto. El y su esposa, doña Catalina Blázquez de Valverde fueron padres de, cuando menos, un hijo, Pedro Nolasco, ya adulto y viviente en 1763.

Hasta los religiosos toman partido, en esta hora histórica, en pro de la causa paraguaya: así, fray José de Yegros, Comendador del Convento Grande de San José, de los mercedarios, y hermano primogénito de Diego y Alonso, asiste al cabildo abierto convocado por Antequera, en Diciembre de 1723, y es uno de los que allí se oponen, tanto a que se readmita a Reyes Balmaceda, como a que se entregue el mando a Baltasar García Ros.

Primo hermano de estos tres Yegros e hijo de los ya recordados Pedro Domínguez de Ovelar y doña Lorenza de Yegros y Vallejo, era el General Cristóbal Domínguez de Ovelar, el último jefe de los comuneros del Paraguay, he tocó actuar en la última etapa de la revolución, el período del Común en armas, y lo hizo con valor y abnegación. Era un joven Capitán de milicias cuando, a fines de Agosto de 1731, le tocaba un rol decisivo en debelar la conjuración anticomunera del justicia Mayor José Luís Bareyro, y desde ese momento y en rápida sucesión recaerían en su persona las más altas responsabilidades de la conducción provincial: Sargento Mayor de Provincia, el segundo cargo en la jerarquía exclusivamente militar, en 1731; Maestre de Campo General, en dos ocasiones; Alcalde Ordinario de primer voto a cargo del Gobierno del Paraguay, en 1733, entrega el mando al nuevo Gobernador, Coronel Manuel Agustín Calderón y Ruyloba, que venía con un título de origen virreinal. Muerto el mismo magistrado en Guayaivity, su sucesor, fray Juan de Arregui, designa a Domínguez su Teniente General de Gobernador. Justicia Mayor y Capitán a Guerra, y a las pocas semanas le delega el mando superior. En tal carácter gobernará Domínguez de 1733 a 1755. Brillante resulta su “cursus honorum”, que llena cinco años de historia paraguaya y ha de culminar con la prisión, en Buenos Aires, en la que lo encierra Bruno Mauricio de Zavala.

Recuperó más tarde Domínguez la libertad y regresó al Paraguay. Aquí se dedicó a administrar los frutos de su cuantiosa encomienda de indios del pueblo de Yaguarón, tuvo estancia en el paraje de Quyquyhó y en 1754 lo encontramos representando a su primo hermano, el Capitán Pedro Pablo de Yegros y Ledesma, en unas diligencias de mensura. Vivió hasta después de 1760, y a un piadoso voto suyo se debe la erección de la capilla de San Roque, en Asunción, convertida en Vice parroquia en 1781. Estuvo casado con doña Ignacia Caballero Bazán, que le sobre­vivió, y no tuvieron hijos. En 1775, ella renunciaba a la encomienda en la que le había sucedido, que era entonces la más grande del Paraguay, y por el crecido número de sus tributarios se acordaba dividirla.

El Capitán Francisco de Agüero es otro activo comunero, muy destacado en los años del Común en armas. Alcalde Ordinario de primer voto en 1728, al defeccionar Bareyro del bando comunero, en 1751, intenta prenderlo y él huye a la campaña. Es, entonces, uno de los candidatos del Común a Maestre de Campo General, y le cabe directa intervención en el derrocamiento del ya mencionado Bareyro. El año siguiente, lo eligen Sargento Mayor de Provincia. Casado con doña Lorenza Domínguez de Ovelar y Yegros, son padres de Pedro José de Agüero, que recibirá un legado de su tío Cristóbal, y de los frailes franciscanos Blas y Juan de Agüero.

No todos los parientes inmediatos de los Yegros fueron necesariamente comuneros: aparte del alférez real Dionisio de Otazú, puede recordarse al Sargento Mayor Domingo de Flecha, que elegido Procurador General por el Cabildo de Asunción, rechazó idéntico nombramiento de parte del “Común”, por lo que los demás exaltados de este bando, según refiere Lozano, “quitáronle la peluca y se la llenaron de excrementos”. Entró Flecha en la conjura contrarrevolucionaria de Bareyro y le proporcionó un barril de pólvora para la jornada del 27 de Agosto de 1731. El año siguiente, a él y a su padre el regidor Jerónimo de Flecha, el Común les impuso crecidas multas para sufragar los gastos de los procuradores que proyectaba enviar a Charcas.

Flecha, que era ya difunto en 1777, y su esposa, doña Francisca de Yegros y Ledesma, no tuvieron descendencia, y ella fundó una capellanía sobre un fundo suyo en Yvyraí, a cargo de un sobrino político, el Capitán García Rodríguez Francia y a favor de “cualquiera de sus hijos que se ordenase de clericato”.

Ya hemos mencionado al capitán Andrés Quiñones, nieto del primer Diego de Yegros, que en la ancianidad sería sucesivamente Justicia Mayor en ínterin y Alcalde Ordinario de primer voto, en 1735, con motivo de la derrota final de los comuneros por Bruno Mauricio de Zavala.

En síntesis y aun cuando cabe anotar como excepciones los casos de Dionisio de Otazú y Domingo de Flecha, emparentados con ellos por afinidad, podemos afirmar que la tendencia general de los varones del linaje de los Yegros es de apoyo constante y decidido a la causa comunera. Da el ejemplo el primero de ellos, Diego de Yegros, colaborador inmediato de fray Bernardino de Cárdenas, en 1649, y lo siguen los dos José, Diego y Alonso de Yegros, y Cristóbal Domínguez de Ovelar, sus descendientes en diversos grados; así como también Pedro Domínguez de Ovelar, Antonio Fernández Montiel y Francisco de Agüero, casados con nietas y biznietas de aquél.

No creemos que se trate de un caso aislado, sino todo lo contrario, típico, característico de las familias paraguayas de arraigo colonial y entroncadas con el mestizaje del siglo de la conquista.

El maestre de campo General José de Yegros y su esposa, doña Francisca de Ledesma Valderrama, cercanamente emparentada con el antiguo Gobernador Martín de Ledesma Valderrama, fueron padres de nueve hijos, entre varones y mujeres, los Yegros y Ledesma, de cuya actuación, desarrollada íntegra en el siglo XVIII.

Joaquín de Yegros, el noveno entre diez hermanos, llevaba el mismo nombre de otro, fraile mercedario, que presumiblemente habrá muerto antes del nacimiento de aquél. Era muy niño en 1684, y veinte años más tarde, ya hermano jesuita, reconoce que debe a su cuñado Pedro Domínguez de Ovelar alimentos desde su niñez y los costos de su ingreso al Colegio de Montserrat, en Córdoba del Tucumán. En esa oportunidad y con licencia de sus superiores, dona el remanente de su legítima paterna y materna a su hermano Diego. En 1708, ya sacerdote, era enviado a Salta y el año siguiente acompañaba a la expedición del Gobernador Urízar al Chaco santiagueño, y quedaba hasta 1719 a evangelizar a los Mbocovíes y Malbalás, sucesivamente en los fuertes de San Esteban y Miraflores. Con grandes fatigas y penurias, regresó de nuevo hasta que en 1724 recogió a los indígenas en San Miguel del Tucumán. Entre asaltos de infieles y epidemias de viruela, siguió evangelizando a los Lules cuando menos hasta 1737. Pertenecía a una estirpe que dio a América española grandes misioneros e hizo honor a estos antecedentes.

Doña Lorenza de Yegros y Vallejo, mencionada en cuarto lugar entre los hijos del segundo Diego de Yegros y de doña Antonia Vallejo Villasanti, en 1682 ya estaba casada con el Capitán Pedro Domínguez de Ovelar, más tarde Maestre de Campo. Este, aparte de sus eminentes servicios en las milicias y en los oficios de Cabildo, fue un trabajador eficaz e infatigable: entre 1687 y el 89, dirigió la construcción de la cuarta Catedral de Asunción; y en 1691, contribuyendo en gran medida de su propio peculio, la de la nueva iglesia parroquial de españoles de la Encarnación, en el emplazamiento de una antigua capilla de Santa Lucía, edificio que, con unas pocas reformas, habría de subsistir hasta 1889. En 1705, era Alcalde Ordinario de primer voto y le correspondió dirigir a la corporación municipal asuncena en la ya recordada deposición del Gobernador Escobar y Gutiérrez; y en 1714, crecido en años pero todavía fuerte y animoso, tenía a su cargo, por mandato del Gobernador Juan Gregorio Bazán de Pedraza, la dirección de los trabajos de erección de la nueva población de San Felipe Borbón en el Valle de Bastan, más conocida como la Villeta del Guarnipitán, empeño para el cual contribuyó con cuantiosos recursos de su fortuna personal. Creemos que habrá fallecido poco después, ya que no figura en los acontecimientos de los sucesivos Gobiernos de Reyes Balmaceda y de Antequera.

Fueron hijos suyos Lorenza, casada con el maestre de campo Francisco de Agüero, paraguayo, con descendencia Juana, casada con el peninsular Dionisio de Otazú, que vino con el Gobernador Mendiola en 1691 y fue aquí Alférez Real, con sucesión: María, casada con el Sargento Mayor Antonio Fernández Montiel, paraguayo y destacado comunero, con dilatada descendencia; y el General Cristóbal Domínguez de Ovelar, el último jefe de los comuneros del Paraguay.

LOS YEGROS EN EL MOVIMIENTO COMUNERO

Como todo el elenco directivo paraguayo de entonces, los Yegros, tanto por línea de varonía cuanto femenina, así como también sus parientes por afinidad, se ven envueltos en la gran revolución con la que culmina en el siglo XVIII el movimiento comunero del Paraguay.

Hemos visto ya que al antepasado común de todos ellos, el General Diego de Yegros, de actuación distinguida en la primera mitad del siglo XVII, le cupo participar en primera fila en los sucesos de la época del obispo Gobernador fray Bernardino de Cárdenas, y por ello resultaría condenado en juicio, como ocurrió con toda la gente del Cabildo de entonces.

Su nieto, el maestre de campo General José de Yegros es desposeído del mando militar en Enero de 1705 y ello provoca la reacción capitular. Los hechos se van enlazando, la situación se agrava y desemboca, antes de terminar el mes, en la deposición del Gobernador Antonio de Escobar y Gutiérrez, episodio que puede ser considerado como el último de los que caracterizan al movimiento comunero del siglo XVII, y antecedente próximo, cronológicamente el más inmediato, de la gran revolución que ha de culminar con Antequera y con el singular período del Común en armas. Estos resultados ya no los vería Yegros, por su relativamente temprano fallecimiento, y tampoco participarían de los mismos sus dos hijos varones, Pedro Pablo y Fulgencio, por su muy corta edad.

El marido de otra nieta, el ya recordado maestre de campo Pedro Domínguez de Ovelar, era Alcalde Ordinario de primer voto en 1705 y presidió el acuerdo en el que se dispuso la separación del poder de Escobar y Gutiérrez. El también parece haber fallecido antes de la época de Antequera.

Un yerno de Domínguez, el Capitán Dionisio de Otazú, a la sazón Alférez Real propietario, se agraviaba de procederes del mismo Gobernador y en 1705, él también, votaba por su deposición. No obstante ello, defeccionaría más tarde, durante el Gobierno de Reyes Balmaceda, y toda su actuación pública posterior sería adversa a los comuneros.

A otro de los yernos, el Sargento Mayor Antonio Fernández Montiel, le cabría desarrollar proficua y decisiva acción comunera: activo militante en tiempos de Antequera, sería Alcalde Ordinario de primer voto en 1726 y seguiría con figuración e influencia por el resto de esa década. El y su esposa, doña María Domínguez de Ovelar, tuvieron cinco lujas, todas mujeres, y fue nieto suyo fray Fernando Caballero, del capítulo provincial franciscano, que estuvo en el cuartel revolucionario la noche del 15 de Mayo de 1811 y participó del Congreso de Junio.

A la cuarta generación de la familia que estamos estudiando, en el Paraguay, pertenecen los Capitanes Diego de Yegros “el Mozo” y Alonso de Yegros, vivientes en 1735, hijos del tercer Diego y de doña Ana Riquelme de Guzmán, ambos estaban en la cárcel, por comuneros, a la muerte de su padre. Diego, el mayor de los dos hermanos tuvo encomienda de indios, resultó electo Alcalde de la Santa Hermandad en 1720, colaboró con don José de Antequera y lo acompañó en 1725 hasta Córdoba y quizá hasta Chuquisaca, y durante el Gobierno de Martín de Barúa, en plena efervescencia de la prédica de Mompós, fue Alcalde Ordinario de primer voto. El y su esposa, doña Catalina Blázquez de Valverde fueron padres de, cuando menos, un hijo, Pedro Nolasco, ya adulto y viviente en 1763.

Hasta los religiosos toman partido, en esta hora histórica, en pro de la causa paraguaya: así, fray José de Yegros, Comendador del Convento Grande de San José, de los mercedarios, y hermano primogénito de Diego y Alonso, asiste al cabildo abierto convocado por Antequera, en Diciembre de 1723, y es uno de los que allí se oponen, tanto a que se readmita a Reyes Balmaceda, como a que se entregue el mando a Baltasar García Ros.

Primo hermano de estos tres Yegros e hijo de los ya recordados Pedro Domínguez de Ovelar y doña Lorenza de Yegros y Vallejo, era el General Cristóbal Domínguez de Ovelar, el último jefe de los comuneros del Paraguay, he tocó actuar en la última etapa de la revolución, el período del Común en armas, y lo hizo con valor y abnegación. Era un joven Capitán de milicias cuando, a fines de Agosto de 1731, le tocaba un rol decisivo en debelar la conjuración anticomunera del justicia Mayor José Luís Bareyro, y desde ese momento y en rápida sucesión recaerían en su persona las más altas responsabilidades de la conducción provincial: Sargento Mayor de Provincia, el segundo cargo en la jerarquía exclusivamente militar, en 1731; Maestre de Campo General, en dos ocasiones; Alcalde Ordinario de primer voto a cargo del Gobierno del Paraguay, en 1733, entrega el mando al nuevo Gobernador, Coronel Manuel Agustín Calderón y Ruyloba, que venía con un título de origen virreinal. Muerto el mismo magistrado en Guayaivity, su sucesor, fray Juan de Arregui, designa a Domínguez su Teniente General de Gobernador. Justicia Mayor y Capitán a Guerra, y a las pocas semanas le delega el mando superior. En tal carácter gobernará Domínguez de 1733 a 1755. Brillante resulta su “cursus honorum”, que llena cinco años de historia paraguaya y ha de culminar con la prisión, en Buenos Aires, en la que lo encierra Bruno Mauricio de Zavala.

Recuperó más tarde Domínguez la libertad y regresó al Paraguay. Aquí se dedicó a administrar los frutos de su cuantiosa encomienda de indios del pueblo de Yaguarón, tuvo estancia en el paraje de Quyquyhó y en 1754 lo encontramos representando a su primo hermano, el Capitán Pedro Pablo de Yegros y Ledesma, en unas diligencias de mensura. Vivió hasta después de 1760, y a un piadoso voto suyo se debe la erección de la capilla de San Roque, en Asunción, convertida en Vice parroquia en 1781. Estuvo casado con doña Ignacia Caballero Bazán, que le sobre­vivió, y no tuvieron hijos. En 1775, ella renunciaba a la encomienda en la que le había sucedido, que era entonces la más grande del Paraguay, y por el crecido número de sus tributarios se acordaba dividirla.

El Capitán Francisco de Agüero es otro activo comunero, muy destacado en los años del Común en armas. Alcalde Ordinario de primer voto en 1728, al defeccionar Bareyro del bando comunero, en 1751, intenta prenderlo y él huye a la campaña. Es, entonces, uno de los candidatos del Común a Maestre de Campo General, y le cabe directa intervención en el derrocamiento del ya mencionado Bareyro. El año siguiente, lo eligen Sargento Mayor de Provincia. Casado con doña Lorenza Domínguez de Ovelar y Yegros, son padres de Pedro José de Agüero, que recibirá un legado de su tío Cristóbal, y de los frailes franciscanos Blas y Juan de Agüero.

No todos los parientes inmediatos de los Yegros fueron necesariamente comuneros: aparte del alférez real Dionisio de Otazú, puede recordarse al Sargento Mayor Domingo de Flecha, que elegido Procurador General por el Cabildo de Asunción, rechazó idéntico nombramiento de parte del “Común”, por lo que los demás exaltados de este bando, según refiere Lozano, “quitáronle la peluca y se la llenaron de excrementos”. Entró Flecha en la conjura contrarrevolucionaria de Bareyro y le proporcionó un barril de pólvora para la jornada del 27 de Agosto de 1731. El año siguiente, a él y a su padre el regidor Jerónimo de Flecha, el Común les impuso crecidas multas para sufragar los gastos de los procuradores que proyectaba enviar a Charcas.

Flecha, que era ya difunto en 1777, y su esposa, doña Francisca de Yegros y Ledesma, no tuvieron descendencia, y ella fundó una capellanía sobre un fundo suyo en Yvyraí, a cargo de un sobrino político, el Capitán García Rodríguez Francia y a favor de “cualquiera de sus hijos que se ordenase de clericato”.

Ya hemos mencionado al capitán Andrés Quiñones, nieto del primer Diego de Yegros, que en la ancianidad sería sucesivamente Justicia Mayor en ínterin y Alcalde Ordinario de primer voto, en 1735, con motivo de la derrota final de los comuneros por Bruno Mauricio de Zavala.

En síntesis y aun cuando cabe anotar como excepciones los casos de Dionisio de Otazú y Domingo de Flecha, emparentados con ellos por afinidad, podemos afirmar que la tendencia general de los varones del linaje de los Yegros es de apoyo constante y decidido a la causa comunera. Da el ejemplo el primero de ellos, Diego de Yegros, colaborador inmediato de fray Bernardino de Cárdenas, en 1649, y lo siguen los dos José, Diego y Alonso de Yegros, y Cristóbal Domínguez de Ovelar, sus descendientes en diversos grados; así como también Pedro Domínguez de Ovelar, Antonio Fernández Montiel y Francisco de Agüero, casados con nietas y biznietas de aquél.

No creemos que se trate de un caso aislado, sino todo lo contrario, típico, característico de las familias paraguayas de arraigo colonial y entroncadas con el mestizaje del siglo de la conquista.

Vicente Anselmo de Fleitas, que en 1765 había sido Alcalde Ordinario de segundo voto, tenía su casa sobre el camino real, entre los valles de Capiatá y Areguá, pasando las Salinas: Aguirre, que lo califica de “honradísimo provinciano, descendiente de los primeros”, lo visitó allí en 1794. Fue padre legítimo de Roque Antonio, Comandante de milicias de Quyquyhó, Juan Vicente, Capitán de urbanos, que en 1836 era vecino de las Salinas; Francisco Antonio, Teniente e Ignacio de Fleitas, confirmado en 1763, todos ellos Congresales en 1811, José Martín y María Josefa, muertos en la infancia, María Estefana, María Micaela y Sebastián de Fleitas, sacerdote, en 1836 cura interino de Caapucú. Francisco Antonio, además, figura entre los 400 Diputados firmantes del Acta de ratificación de la Independencia del Paraguay, en el Congreso de 1842.

Don Miguel Caballero Bazán, casado con doña Francisca de Fleitas, provenía de antiguo linaje para­guayo afincado aquí en el siglo de la conquista. Era hermano de doña Ignacia Caballero Bazán, la esposa del varias veces recordado Cristóbal Domínguez de Ovelar. Tenía su casa en el valle de Capiatá, en cuya capilla en 1762 y 63 se confirmaron varios de sus lujos y él actuaba con frecuencia de padrino. En las anotaciones de su diario correspondientes al 16 de Junio de 1795, luego de haber pernoctado en la Recoleta, nos dice Aguirre: “salí las 7. Media milla antes del arroyo de las Salinas pasé el Mbotura cuya confluencia está un poco más al N. y como 1' más distante de Fleitas. A los 11 estuve en casa de D. Miguel Caballero, suegro de Roa, paraje donde están mis caballos. Salí de aquí a las 11.30 hs. y a las 12.30 hs. pasé por delante de la capilla nueva de Itaguá”, datos, todos, que con­tribuyen a permitirnos determinar la ubicación de la vivienda. Sus hijos legítimos se llamaron Francisco Antonio, Joaquín, María Melchora, María Petrona, María Antonia, María Josefa, María Nicolasa, Ramón y María Francisca Caballero. Entre los Congresales de 1811, aparece la firma de Francisco Antonio Caballero, pero hubo otro contemporáneo de este nombre, hermano de Pedro Juan Caballero. María Francisca Caballero se casó, en 1785 o antes, con José Fortunato de Roa o García de Roa, que diez años más tarde era Administrador de Temporalidades del pueblo de indios de Yuty y prestaba valiosa cooperación a Aguirre para sus estudios y sus viajes por el interior.

Doña María Melchora Caballero Bazán, que testó, ya muy anciana y tullida, en 1822, estuvo casada con Domingo Fernández de Valenzuela, que a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX era uno de los más acaudalados propietarios urbanos de Asunción y poseía, además, campos y tierras de labor en Quyquyhó, Quindy, Lambaré y el Guarnipitán. Valenzuela sostuvo pleito con su concuñado Roa, por la herencia de doña Ignacia Caballero Bazán y en 1790 era Teniente de la 9a Compañía, del Partido de Tuyucuá del Batallón de Milicias de Infantería de la ciudad de Asunción. Falleció en 1820 y tuvo sepultura en la Catedral. Fueron sus hijos legítimos Salvador, casado con doña Margarita Amarilla, María del Carmen, con Mariano Ferreira. María Juana, fallecida en 1846, con Ramón Tonson o Thompson, natural de Buenos Aires, José Gregorio, con doña Gregoria Centurión, Benigno Antonio. Juan Alberto, José con doña Magdalena González Bueno, José Domingo, con doña Susana Rodríguez, y María Felicia, con Antonio Caballero. Don Salvador Valenzuela y su esposa, que vivieron a fines del siglo XVIII y en la primera mitad del XIX y tuvieron estancia en un campo adquirido por su padre de los herederos del antes mencionado Cristóbal Domínguez de Ovelar, en el partido de Quindy, fueron padres, entre otros, de María Egipciaca y de Juan Bautista Valenzuela, fallecido antes de la Guerra de la Triple Alianza y casado con doña María de las Mercedes Espínola y Gómez Recio que, ya en la ancianidad, fue a la Residenta y allí murió, de penurias y fatigas en 1869, con sucesión.

En 1753, el Capitán Mateo Félix de Velasco, vecino de Asunción, como “marido y conjunta persona de doña María Josefa de Yegros, hija legítima del maestre de campo don José de Yegros y de doña Francisca de Ledesma Valderrama”, se presenta al Alcalde Ordinario de primer voto y promueve acción de mensura y partición de las tierras indivisas de Quyquyhó.

De sus hijos, conocemos a Juana, María y Josefa, todas vivientes y adultas en 1777. Doña María estuvo casada con Juan Bautista Flecha y tuvieron, cuando menos, una hija legítima, María Josefa Flecha. Doña Josefa o Josefa Fabiana de Velasco se casó con el portugués García Engracia Rodríguez Francia, natural de Mariana, en el virreinato de Río de Janeiro, o de la ciudad de Oporto, según propias y contrapuestas manifestaciones suyas. Nacido posiblemente en 1739, vino él al Paraguay con un grupo de expertos en laboreo de tabaco negro, hacia 1750. Aquí se incorporó más tarde a las milicias provinciales hasta alcanzar tras varios años, el grado de Capitán de Artillería. Sirvió en las fronteras del Norte y del Sur. En 1777, dirigía una exploración hacia el Ygatimí y fundaba allí un fuerte con el nombre de San Carlos. Ejercería también, más tarde, la comandancia de la población de Remolinos. En 1787, tras 19 años de servicios y ya viudo de mucho tiempo atrás, se reformaba del servicio militar. En la vida pública, fue Alcalde Ordinario de primer voto del Cabildo de Asunción, y de 1787 al 97, Administrador de Temporalidades del pueblo de indios de Yaguarón, gestión que dio lugar a graves acusaciones que llegaron hasta los estrados de la justicia virreinal y terminó con una aceptación de renuncia a causa de su quebrantada salud. Reintegróse poco después al mando de una Compañía de Artilleros, que desempeñaría hasta ser relevado en 1806 y fallecería poco después.

Cinco hijos tuvo el matrimonio de García Rodríguez Francia y María Josefa de Velasco: Lorenza, casada con el alférez José Francisco Marecos y Vallejo, con sucesión: Petrona Regalada, que testó en 1842 y dice que su padre era natural de la ciudad de Oporto en Portugal, casada y legalmente divorciada de Mariano Larios Galván, Secretario de la Junta Gubernativa en 1812 y 13, sin hijos; Pedro; Juan José Ignacio; y José Gaspar Rodríguez de Francia. Doctor en Sagrada Teología por la Universidad de Córdoba, catedrático en el Real Colegio Seminario de San Callos, Alcalde Ordinario de primer voto en 1808, Síndico Procurador General el año siguiente, Diputado adjunto por los patriotas en Mayo de 1811, Co Presidente del Congreso de Junio, Vocal de la Junta Gubernativa. Cónsul de la República, y de 1814 al 40, hasta su muerte, Supremo Dictador, con calidad de ser sin ejemplar, que se mantuvo soltero. De su actuación decisiva en la consolidación del proceso emancipador.

García Engracia había sido albacea de doña Francisca de Yegros, que testó en 1777, ésta instituyó una capellanía de legos a favor de uno cualquiera de los hijos de aquél que se ordenase sacerdote, afectando al efecto “unas fanegas de tierras de labor en el paraje de Yvyraí”, que incluía un lance de casas con su cupial cubierto de tejas, y se le imponía una pensión de seis misas rezadas anuales. Tal fue el origen patrimonial de la chacra o casa de campo del Supremo Dictador.

Cerramos esta evocación de los parientes del Gobernador Yegros y Ledesma con una referencia al Doctor Pedro Vicente Cañete y Domínguez.

El tercer Diego de Yegros fallecido hacia 1725 o 30, estuvo casado con doña Ana Riquelme de Guzmán, que testó en 1739, tataranieto ésta, por vía paterna, cronista paraguayo Ruy Díaz de Guzmán (1554 - 1629), y sobrina biznieta, por la materna, del Beato Roque González de Santa Cruz (1576-1628).

Entre los hijos de aquéllos, hemos mencionado a doña Antonia de Yegros, esposa del Capitán Antonio Domínguez, padres ambos del Sargento Mayor Juan José Domínguez y Yegros, casado con doña Jacinta de Rojas Aranda. Hija de estos últimos fue doña Juana Catalina Domínguez, casada, presumiblemente hacia fines de la década de 1740, con el Sargento Mayor José Cañete, más tarde Regidor perpetuo de Asunción. Era éste hijo ilegítimo del Gobernador José de Antequera y Castro (1689-1731), de actuación estelar en la Revolución Comunera, y de la paraguaya doña Micaela Sánchez de Vera y Aragón, entonces ya separada de su marido Ventura Benítez, y nieto materno de Bartolomé Sánchez de Vera y Aragón y de doña Rosa Cañete vecinos y naturales de Asunción. Luego de la expulsión de los jesuitas de los dominios españoles y firmando José Cañete de Antequera, éste haciendo presente ser hijo natural de don Joseph de Antequera y doña Micaela Sánchez de Vera, solicitó de Carlos III carta de legitimación, y la obtuvo por Real Orden de 1779.

Sin que esto excluya a otros, sabemos que del regidor José Cañete y de doña Juana Catalina Domínguez fueron hijos Ignacia Lucía y María de la Merced, confirmadas en Asunción, el 26 de Diciembre de 1762. Ignacia Luisa, que recibió dicho sacramento el 18 de Enero de 1785, y el ya mencionado Pedro Vicente. Además, Quevedo identifica al doctor José Ignacio Cañete, sin sucesión, y dos mujeres. Una casada con un Qüin de Valdovinos, y otra, María Rosa Cañete y Domínguez, casada con Francisco Máximo de Brito, troncos de una larga y numerosa descendencia.

Al Doctor Pedro Vicente Cañete y Domínguez le cupo muy destacada actuación en Chile, Paraguay, Río de la Plata y Alto Perú, en el último tercio del siglo XVIII y a comienzos del XIX. De los paraguayos de su tiempo, fue el que alcanzó mayor relevancia fuera de los lindes de su tierra natal, y Mariluz Urquijo lo señala como “famoso por las discordias en las que se vio envuelto y por su denodada oposición a la Revolución de Mayo”. Aparte de este autor y antes que el mismo. Gabriel Rene Moreno, en Bolivia, y Fulgencio R. Moreno, en el Paraguay, entre otros, se han ocupado de Cañete.

Nacido en Asunción, posiblemente en 1749 o 50, cursó tres años de Filosofía en Córdoba del Tucumán, donde trabó duradera amistad con su condiscípulo Gregorio Funes, después Deán de la Catedral de esa ciudad, de prominente actuación en la política río platense del período emancipador. En Santiago de Chile, en la Universidad de San Felipe, alcanzó sucesivamente los grados de Licenciado y Doctor en Teología, este último el 13 de Febrero, y también los de Bachiller, Licenciado y Doctor en Cánones y Leyes, y juró como Abogado en 1776. En 1773 y 74, fue Catedrático sustituto de Vísperas en esa casa de estudios, y en 1776, titular de Artes. Fungió igualmente de Protector sustituto de Naturales y de Asesor “ad hoc” del Presidente Gobernador de Chile.

El año siguiente, se trasladó a Buenos Aires, donde cumplió funciones de asesoramiento letrado junto al Virrey, el Cabildo de la ciudad, la Real Hacienda, cuyo Tribunal integró interinamente, el Juez eclesiástico y la Santa Cruzada, y resultó electo Síndico Procurador General, cargo desde el que promovió diversas iniciativas en pro del bien común, como la rápida y eficaz asistencia a las víctimas de una epidemia en la campaña, la construcción de un muelle y la reparación de calles y caminos. Se dedicó también a la abogacía, y como apoderado del Cabildo de Asunción, donde su padre tenía entonces influencia predominante, cuestionó el ominoso sistema del puerto preciso.

En 1781, a pedido del Gobernador Meló de Portugal y con cargo de obtener la real confirmación, el virrey Vértiz lo designaba Teniente Asesor Letrado del Gobierno del Paraguay, el primero de esa especialidad que hubo en la provincia. Los dos años y medio que ejerció tal empleo fueron los únicos que pasó en su patria, de la que se marcharía definitivamente en 1784. Durante ese lapso, apoyó al Gobernador en la defensa de las prerrogativas del patronato, formuló el primer plan de estudios y estatuto del Real Colegio Seminario de San Carlos, y para facilitar la aplicación de la nueva Ordenanza de Intendentes redactó el Reglamento de Propios y Arbitrios de la ciudad de Asunción y los de Villa Rica y Curuguaty, y los de Bienes de Comunidad de varios pueblos de indios.

A mediados de 1784 y con idéntico cargo, se lo trasladó a la Intendencia de Potosí, y en el Alto Perú, entre honores y litigios, habría de permanecer por el resto de su vida. Diecinueve años desempeñó tales funciones y allí redactó unas Ordenanzas de Minería de larga y laboriosa tramitación, y por Real Decreto del 8 de Mayo de 1791, que no alteraba sus atribuciones ni incrementaba su sueldo, se le acordaban “honores de Oidor de la Audiencia de Charcas”, hasta que en 1803, ante reiteradas denuncias y quejas de acaudalados mineros y el intendente Francisco de Paula Sanz, que lo acusaba de ser causante de los conflictos que se producían en ese distrito, el Virrey lo trasladó con igual jerarquía a la Presidencia de Charcas. Sin embargo, noticioso el Consejo de Indias del caso, por gestión de sus émulos, obtuvo por Real Orden del 4 de octubre de 1804 la suspensión de Cañete y la instrucción del correspondiente sumario. La causa se prolongó hasta 1810 y resultó él finalmente exculpado, pero no pudo reponérsele en su puesto de Potosí por la general oposición que ello suscitaba.

Al producirse en Buenos Aires los sucesos de Mayo de 1810, Cañete abrazó con la más enérgica decisión la causa realista y fue designado Fiscal de la Audiencia de Charcas, tareas a las que luego sumaría el rectorado de la Academia Carolina.

Además de su destacada y controvertida actuación pública, fue Cañete un estudioso y autor de una vasta obra jurídica e histórica. A su “Código Carolino de Ordenanzas Reales de las Minas de Potosí y demás provincias del Río de la Plata”, debemos agregar su frecuentemente mencionada “Historia de Potosí” o “Guía histórica, geográfica, política, civil y legal del gobierno e intendencia de Potosí”, así como también un Discurso sobre el manejo de la Real Hacienda concordado con la Teología y la Jurisprudencia Civil”, y su “Sintagma de las resoluciones prácticas cotidianas del Real Patronazgo de las Indias según el orden y método establecido por las Leyes del Reino y Reales Cédulas”, redactado durante su estada como Teniente Asesor Letrado en el Paraguay, donde había participado de conflictos de jurisdicción entre el poder político y el Cabildo de la Catedral; y ya en pleno furor contrarrevolucionario, en 1812, imprimía una “Carta consultiva sobre la obligación que tienen los eclesiásticos de denunciar a los traidores y exhortar en el confesionario y púlpito su descubrimiento y captura, sin temor de incurrir en irregularidades los que asistieren arma dos en los combates contra los insurgentes, ni los que promovieren y concurrieren a la prisión de sus caudillos prófugos, que sirve de apéndice a la Pastoral del Señor Arzobispo Moxó”: tan macarrónico titule nos releva de tener que examinar su contenido.

Antes de la mencionada gestión en el Paraguay Cañete se había casado en Buenos Aires, el 17 de Enero de 1778, con doña Catalina Duran y Zebicos, natural de dicha ciudad. Paso el sus últimos treinta y dos años, casi exactamente 1a mitad de su vida y la parte más activa de la misma, en el Alto Perú, donde “ya viudo cincuentón” contrajo segundo matrimonio con doña Melchora Pérez Prudencio, y allí murió, en la Plata (hoy Sucre), el 23 de Enero de 1816.

 

Fuente:

Rafael Eladio Velásquez, Separata de Historia Paraguaya Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia Vol. XVIII Asunción 1981

El original de este documento obra en el archivo de la familia Yegros

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